Los grandes bazares
29 de abril de 2015

Dándole un repaso a las posibles formas de organización del comercio popular en otras ciudades del mundo que muestren caminos para mitigar el desorden del comercio informal en Cúcuta, los grandes bazares del medio oriente dan varias ideas útiles.

Teherán y Tabriz, son respectivamente la capital y la tercera ciudad en población de Irán. Ambas disputan por ser la sede del mayor bazar del mundo. Los grandes bazares de Teherán y Tabriz, el último declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, comprenden un amplio conjunto de calles cubiertas en el centro histórico de ambas ciudades, donde desde hace siglos se comercian alfombras, perfumes, orfebrería, mobiliario, vestuario, porcelana y pintura.

Esos mismos géneros se siguen comercializando en esos grandes bazares que son el destino de un exclusivo y costoso turismo que asiste atraído no solo por la singularidad de las especies de alfombras y joyas que se producen en Persia, sino por la belleza arquitectónica y el valor histórico del conjunto de calles cubiertas en ambas ciudades.

Otros grandes bazares como el de Estambul en Turquía, mucho más próximos a Europa Occidental, ya son parada habitual del turismo mundial.

Además de la manufactura artesanal los grandes bazares tienen un comercio semejante al de nuestros San Andresitos, tanto en lo tocante a su oferta como a la informalidad en materia de impuestos, que en el caso del Medio Oriente consiste más en privilegios que los comerciantes de los grandes bazares han conseguido a través de los siglos.

En Cúcuta estamos obligados a pensar en centros comerciales populares que permitan el acceso de muchos pequeños comerciantes y artesanos a puntos de venta estacionarios. La ciudad tiene que esforzarse por ofrecer esas facilidades entregando sus propios predios para que sean sede de esos edificios cuya construcción debe iniciarse.

Cuando al cabo de algunos años la ciudad tenga un mejor sistema de transporte público, puede ser posible la peatonalización de algunas avenidas céntricas que sean sede de una densa red de comercio informal, como varias cuadras de la avenida 6 o la calle 9 en el Centro. Para encontrar ejemplos sobre cómo hacerlo no es necesario ir a Teherán o Estambul.

Pueden verse también la manera en que lo han hecho muchas ciudades norteamericanas y de todo el mundo que tienen centros cubiertos peatonalizados.

En la búsqueda de caminos que le permitan a Cúcuta desarrollar rasgos que la conviertan en un lugar con atractivo turístico y al mismo tiempo le facilite a muchos pequeños comerciantes tener un punto de venta estacionario, no sobra tomar en cuenta ejemplos en todo el mundo, como los grandes bazares del oriente. 


La corrección del impuesto predial en Cúcuta
22 de abril de 2015

Hasta que la liquidación y el cobro del impuesto predial no fue un problema bogotano, tampoco fue problema nacional como si lo es hoy. Así funciona el centralismo.

En 2012 pasamos iguales o peores apuros en Cúcuta que hoy en Bogotá pero los titulares de los medios nacionales no lo registraron, no obstante que muchos desde las tribunas de la política, de los gremios o de la sociedad civil hicimos público nuestro disgusto.

El Gobierno Central nos ignoró porque el alcalde no quiso ser vocero del disgusto colectivo. En cambio no hacía sino frotarse las manos para salir a cobrar apenas pasara el alboroto y llegara la resignación.

Hoy las cosas están maduras en Cúcuta y en las capitales del país para que mediante acuerdos de los Concejos Municipales se module la liquidación del Impuesto Predial para evitar su incremento excesivo, como lo propone el candidato Carlos Luna.

El problema del Impuesto Predial Unificado, liquidado teniendo como base gravable el avalúo de los inmuebles hecho por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, radica en que siendo un impuesto sobre la propiedad inmobiliaria y no sobre los ingresos, afecta mayoritariamente a contribuyentes que tienen ingresos por pensiones, salarios o actividades económicas ajenas al negocio inmobiliario, por lo que a menudo ven crecer su ingreso en porcentajes inferiores al crecimiento del valor del inmueble en que residen o donde tienen la sede de su negocio.

Problema normal en un país con un sistema tributario benévolo con sus pocos ricos, que pagan proporcionalmente mucho menos sobre sus utilidades que lo pagado por los pobres y la clase media mediante impuestos como el IVA y el predial.

Puesto que el valor del suelo urbano puede variar merced a la restricción de su oferta, o a la tendencia a convertirse en reserva de valor para quienes tienen excedentes de capital, o a la especulación, es frecuente que los avalúos y su consiguiente impuesto crezcan más de lo que las familias pueden pagar.

En Bogotá han propuesto que la solución es limitar el incremento del impuesto al crecimiento del salario mínimo, para que el primero nunca se incremente de año en año en un porcentaje superior al doble del incremento del segundo.

Así se protege al contribuyente de un posible ataque especulativo sobre el suelo urbano que incremente su precio exageradamente.

Es una propuesta sencilla y fácil de adoptar, que bien puede hacerlo en nuestro caso el Concejo Municipal, siempre que al alcalde le plazca, puesto que tratándose de un acuerdo sobre un asunto tributario, solo puede ser de su iniciativa.

No olvidemos que la última actualización catastral en Cúcuta, que data de 2011, registró los precios de un momento de mucha especulación inmobiliaria, cuando los recuerdos dorados del Cadivi todavía hacían pensar a la gente que sus inmuebles valían oro. Como la burbuja se pinchó y hoy tenemos crisis, no sobra, como lo plantea Carlos Luna, una actualización parcial del catastro que reduzca los avalúos. Ese convenio debe hacerse con el IGAC. Sus costos no son muy altos y en cambio traerán mucho alivio a los propietarios cucuteños.


El trancón de ayer
15 de abril de 2015

Celebro que a partir de ayer -y perennemente- se lleve a cabo la Vuelta Ciclística del Gran Santander. Espero que el año entrante no me entere del evento por cuenta de un trancón monumental y del cierre inadvertido del centro de la ciudad durante toda la mañana.

¿Qué tal en medio de la crisis del comercio, dándonos el lujo de cerrar el centro durante un día hábil?

Que la primera etapa se corriera en el centro de Cúcuta trajo a mi memoria el Circuito de Mónaco de Fórmula 1, que lo corren anualmente en las calles del centro del Principado.

Ayer tuvimos algo de eso, más quizá por tener un tipo fatuo que se cree príncipe de Cúcuta.

Hago votos porque la Vuelta Ciclística del Gran Santander se convierta en un evento importante del deporte colombiano.

Que vaya echando raíces como un emblema de nuestra identidad regional y deportiva; que el año entrante el circuito inicie simbólicamente en el corazón de Cúcuta y recorra después la ciudad por vías externas que no la paralicen.

Seguro que los corredores hubieran preferido el anillo vial, a diez vueltas por el Centro.

Veamos si en Bucaramanga aguantan un príncipe alucinado que le dé por cerrar la ciudad durante todo un día laboral cuando corran allá la última etapa.

El cierre de la ciudad, no obstante la pérdida de tiempo y los retrasos que nos causó, sirve como los días sin carro para advertir que la movilización a pie y en bicicleta es una alternativa que vale la pena explorar.

Dándole un vistazo a las cifras de rutas exclusivas para bicicletas de las principales ciudades de américa Latina -para lo que invito a explorar el blog Ciudades Sostenibles del Banco Interamericano de Desarrollo- vemos que en Cúcuta, casi sin habérnoslo propuesto, estamos bastante adelante de la cifra promedio de kilómetros de ciclo rutas en las ciudades intermedias latinoamericanas.

Recordemos que tenemos ciclo carril en la Autopista de Atalaya, en la Avenida del Río, en varios tramos de la Avenida Libertadores, de la Avenida de Las Américas y en la Avenida del Canal Bogotá.

Con un aire tan polucionado por los cien mil carros que ruedan en Cúcuta, y un tráfico tan lento por cuenta de la mala administración, no cae mal, dentro de la estrategia de movilidad del siguiente cuatrienio, promover el uso de la bicicleta recuperando y extendiendo la red de ciclo rutas, demarcando carriles exclusivos y creando facilidades de estacionamiento.

Todo eso resultaría muy barato tratándose de ese medio de transporte, y no habría sino que copiar de las ciudades que lo han hecho ya con éxito, entre las que Bogotá ocupa todavía un lugar destacado.

Ojalá tengamos muchas más bicicletas en el centro el año entrante.

No para parar el tráfico, sino para facilitarlo.


Semáforos: condenados al trancón
8 de abril de 2015

En el presupuesto de Cúcuta de 2015 se reservan $5.000.000.000 para que los semáforos de la ciudad funcionen.

En la página 50 del Decreto 720 de 2014 que liquida el presupuesto municipal de 2015 se lee: “Programa infraestructura y movilidad; subprograma tránsito, transporte y movilidad: modernización, ampliación e instalación de la red semafórica y de cámaras para la detección electrónica de infracciones de tránsito: $5.000.000.000”.

El Secretario de Tránsito declaró hace pocos días a este periódico hablando del problema de los semáforos: “Esperamos que nuestro equipo de contratación inicie una licitación pública”.

Ya es abril, el cuarto mes del año. Al paso que va el Municipio, los semáforos serán inservibles durante todo el primer semestre de 2015, siempre que la licitación que apenas inicia no tiene tropiezos y los $5.000.000.000 se ejecutan bien.

No hay derecho a que habiéndose aprobado el presupuesto desde diciembre del año pasado, y siendo desde entonces claro que el dinero está disponible, apenas se estén dando los primeros pasos para solucionar uno de los problemas más urgentes de la ciudad y que mayores vergüenzas nos hace pasar ante quienes nos visitan.

Las opiniones sobre lo que puede costar la reparación de la red de semáforos van desde quienes sostienen que las intersecciones, al no estar sincronizadas, se pueden mantener y operar con poco dinero porque su tecnología es simple y barata, hasta quienes dicen que es necesario cambiar íntegramente el sistema, sincronizando entre sí muchas intersecciones e instalando cámaras que permitan expedir comparendos electrónicos.

Las anteriores alcaldías pudieron mantener con poco dinero la red de semáforos. Bastaba tener un contratista encargado de su mantenimiento periódico y las cosas funcionaron bien, hasta que la alcaldía actual decidió pensar en grandes cosas pero hacer muy pocas y muy despacio.

Durante los primeros años, los semáforos estuvieron descuidados mientras se soñaba con un gran negocio de Asociación Público Privada (APP) que asumiera las funciones de la Secretaría de Tránsito.

Después que no se pudo, y ahora que hay $5.000.000.000 disponibles, quién sabe qué estará pasando por la cabeza de lo que toman la decisión sobre cómo gastárselos, y mientras tanto, la congestión del tráfico debida en buena medida a que los semáforos no sirven, nos quita tiempo y nos dificulta la vida a todos.

Según declaraciones del Secretario de Tránsito, las fallas recurrentes se deben al tremendo calor que está haciendo, lo que seguramente no pasaba años atrás cuando en Cúcuta hacía frío.

Estamos ante una buena oportunidad para que entidades privadas, con ánimo de lucro o sin él, y sobre todo los empresarios y los gremios de transportadores, creen una veeduría para supervisar el gasto de esos $5.000.000.000. Hoy los procesos licitatorios tienen un grado de publicidad mayor debido a la obligación de hacerlos públicos por internet. Invito a todos los cucuteños y sobre todo a los transportistas a que le prestemos atención al negocio que está por iniciarse. Según mis cuentas, si ese dinero se gasta bien y no se pierde por el camino, debe bastar para que al finalizar el año los semáforos funcionen como en cualquier ciudad normal. Mientras tanto nos toca seguir condenados al trancón.


Turismo urbano
25 de marzo de 2015

Cuando leía ayer en las páginas de este diario la noticia sobre cómo un grupo de habitantes del barrio Antonia Santos busca el apoyo del Estado para desarrollar como atracción turística el “Mirador del Cerro del Nazareno” ubicado entre Antonia Santos y Cerro Pico, muy cerca de la vía al Zulia, recordé otra noticia de la prensa nacional sobre el proyecto “Las Rutas del Paisaje Cultural Cafetero”, galardonado el pasado mes por la Organización Mundial del Turismo (OMT), entidad dependiente de la ONU, como una de las innovaciones turísticas más destacadas del mundo en lo tocante a la manera en que combina el ecoturismo con la puesta en escena de la identidad cultural de una región.

En Cúcuta, ciudad que no es visitada por viajeros nacionales o internacionales sino cuando es paso obligado a otro destino, o cuando razones personales los hacen venir, tiene la obligación de pensar seriamente en la creación de hechos que la hagan digna de visita por el solo placer de recrearse con ellos. Eso es lo que hace de un lugar un destino turístico: que el solo placer de disfrutar las atracciones de la geografía física o humana sea el motivo de viajar hasta allá. Si lo han logrado en el Eje Cafetero, una región que en sí misma no tiene ningún atributo de la naturaleza que la haga superior a la nuestra, aquí también podemos hacerlo.

Fuera de la posibilidad de desarrollar el ecoturismo de campo en lugares como Pozo Azul y algunos otros puntos de nuestro territorio que tienen un valor excepcional por su paisaje y sus atractivos naturales muy originales, también sin salir del perímetro urbano, incluso muy cerca del centro de la ciudad, en Cúcuta hay varios puntos que pueden ser objeto de desarrollo turístico basado en la belleza de su ubicación.

La idea del “Mirador del Cerro del Nazareno” con el que sueñan los vecinos de Antonia Santos, es una que junto con otras como el “Cerro de la Cruz del Calvario”, el punto más alto de los cerros que separan el valle del Pamplonita de la Ciudadela de Atalaya, a un costado de los tanques del barrio 28 de Febrero, y el tradicional “Mirador de Cristo Rey”, hoy venido a menos y abandonado a la suerte por el Municipio, deberían ser ejes de proyectos de renovación urbana que tuvieran como detonante la recuperación paisajística de su entorno.

Si se revisan los proyectos de inversión nacional en turismo, se ve que el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo financia muchos en varias ciudades del país con características muy parecidas a los que Cúcuta podría presentar para hacer realidad.


Cómo hacer que la democracia funcione
11 de marzo de 2015

Un libro publicado en 1990 con el mismo título de esta columna hizo famoso a su autor, Robert Putman, un profesor norteamericano de ciencias políticas que en esa obra comparó las tradiciones políticas del norte y del sur de Italia. Como se sabe, el norte de ese país es próspero y muy bien integrado en la dinámica económica y comercial del centro de Europa. El sur en cambio, en regiones como Sicilia, Calabria y Nápoles, no sale aún del atraso y sigue siendo sede de viejas costumbres políticas vinculadas a la tradición mafiosa, a pesar de los grandes esfuerzos de Italia por superar ese lastre.

Una de las conclusiones del estudio de Robert Putman es que las prácticas de la política moderna italiana están fuertemente asociadas con la presencia nutrida en el norte de ese país de asociaciones de la “sociedad civil”, es decir, asociaciones no vinculadas directamente ni con el gobierno ni con la política, pero que son lugar de deliberación permanente de los ciudadanos sobre asuntos que conciernen a la vida pública.

Sindicatos, clubes sociales, organizaciones gremiales, clubes deportivos, fundaciones, asociaciones de vecinos, asociaciones religiosas y una larga lista de entidades hacen parte del secreto para que la democracia funcione, porque sin pretenderlo, se convierten en foros de discusión permanente que con el paso de los años son la mejor escuela de las prácticas políticas modernas y ajenas al clientelismo. Esta conclusión no vale para Italia sino para el mundo entero. Cualquier país con un alto nivel de desarrollo tiene ciudadanos vinculados a asociaciones civiles en un grado muchísimo mayor que el nuestro, y en buena medida es por eso que logran que sus procesos democráticos funcionen mejor.

La ciudadanía cucuteña está muy disociada y muy débilmente integrada mediante asociaciones que le ofrezcan la posibilidad de tener criterio político frente a algún tema entre los muchos concernientes a la política municipal, respecto a la cual reina la ignorancia. La cercanía de las elecciones hace circular las primeras encuestas de intención de voto de los cucuteños, y en ellas lo que más impresiona es constatar la enorme cantidad de personas que no piensan votar o no saben por quién hacerlo, que a estas alturas en Cúcuta suman 75% de quienes podrían votar.

La desconfianza, el desinterés y la incomprensión de la política local y de quienes la ejercen hacen que a última hora resulte elegido quién tenga más capacidad de movilización mecánica para arrastrar personas para quienes no tiene mucho sentido votar, por lo que ingenuamente lo hacen a cambio de muy poco. Para remediarlo, en Cúcuta hay que promover el surgimiento de mayores lazos sociales que integren a los vecinos y a los ciudadanos en general. El esfuerzo que el Municipio puede hacer para lograrlo debe orientarse a fortalecer los procesos de democracia local en los barrios, comenzando por la base de la pirámide, que son las Juntas de Acción Comunal y las asociaciones de madres.

Hay que fortalecer la democracia integrando las Juntas a las deliberaciones sobre presupuesto, planificación municipal y programas comunidad-gobierno para la recuperación de parques. Así se afianza y se aprende la democracia local mientras se crea seguridad y confianza en los barrios a partir del fortalecimiento de los lazos comunitarios.


Cúcuta, su entorno rural y la paz
4 de marzo de 2015

Entre los infortunios que los cucuteños hemos aceptado como cosa normal desde hace mucho tiempo, es vivir en una ciudad aislada de su entorno rural.

Cuando hacemos balances de los factores de nuestra crisis, a menudo olvidamos que las ciudades prósperas en Colombia y en cualquier otro país, salvo casos que son excepciones, están íntimamente asociadas a entornos rurales muy prósperos.

Es el caso de Bogotá y su tradicional vocación agropecuaria en la Sabana y el Altiplano Cundiboyacense; el de Medellín y las ciudades del Eje Cafetero que crecieron durante casi un siglo a la sombra de una gran economía agroexportadora; el de Cali y la caña de azúcar.

En Cúcuta en cambio, el Catatumbo, nuestro principal y más próximo entorno rural, es un territorio todavía hostil y peligroso. Prueba es que desde hace por lo menos treinta años muy pocos cucuteños van de paseo al Catatumbo. Salvo que la necesidad obligue, por allá nadie se asoma.

No conozco a nadie que haya ido recientemente de paseo a El Tarra, a San Calixto, Teorama o La Gabarra. Los cucuteños, y sobre todo los más jóvenes, cuando piensan en el campo, piensan en los paseos a Chinácota.

Cosa distinta ocurre en otras ciudades donde el campo no es solo fuente de recreación, sino prioritariamente de riqueza agrícola.

Norte de Santander es extraordinariamente promisorio como despensa agrícola del país, y lo sería ya si no fuera por la guerra.

El día en que nuestro desarrollo pueda volcarse sobre el procesamiento industrial de los frutos de nuestra propia agricultura comenzaremos a ser una ciudad normal.

El cultivo de la palma africana es un ejemplo en miniatura de lo que puede llegar a ser la industrialización del campo muy cerca de Cúcuta.

Nos hemos acostumbrado a pensar que el origen de la crisis cucuteña es que nuestra vocación es ser comerciantes y ya no tenemos a quien venderle. Eso no es cierto.

Nos hicimos solo comerciantes porque la posibilidad de tener una economía agroindustrial o de agroexportación como durante muchos años la tuvimos, se vio truncada por la llegada del conflicto al Catatumbo hace treinta años.

De no haber sido así, hoy seríamos una región próspera y con vocación agrícola.

Por eso, si acaso hay una ciudad en Colombia que necesite de la paz para desarrollarse, es la nuestra. Apostémosle al éxito de las negociaciones de paz y creamos en ellas de una manera firme pero realista.

La buena marcha de ese proceso se reconoce en todo el mundo. Hace un par de días, por ejemplo, El País de Madrid dedicó un conjunto amplio de noticias, crónicas y editoriales al proceso de La Habana, en el que los cucuteños más que nadie deberíamos tener mucha fe para desde ya comenzar a discutir sobre los proyectos económicos del posconflicto.

Invito a que pensemos en el posconflicto como un escenario inminente, que al cabo de un par de años tiene que estar colmado de proyectos para la recuperación productiva del entorno rural de Cúcuta, una de las claves, quizá la principal, de nuestra futura prosperidad.


¿Para qué sirven las elecciones?
25 de febrero de 2015

Donde hay partidos políticos serios y estables, que no es el caso nuestro, las elecciones sirven no solo para escoger gobernantes sino también para unificar puntos de vista y lograr consensos sobre las causas de los problemas sociales y su solución.

Se supone que los partidos se unifican en torno a ideas e interpretaciones de esos problemas sociales y mecanismos para solucionarlos. Por eso existen partidos de izquierda y de derecha. Liberales y conservadores.

En Colombia esas interpretaciones contrapuestas se enfocan sobre temas básicos de la política nacional.

El conflicto interno, la seguridad, la paz, la política fiscal, las regiones y los debates sobre descentralización; la política de integración económica y una larga lista de asuntos que trata la prensa nacional.

Otra cosa es que en la práctica cotidiana de la política no se adviertan mayores diferencias entre partidos.

En lo tocante a nuestros municipios, esas distancias entre partidos son más difíciles de ver. Eso implica que los procesos electorales se desperdician como oportunidad para contrastar interpretaciones de los problemas de la ciudad y generar consensos sociales sobre sus soluciones.

Le propongo a los cucuteños que aprovechemos las elecciones para llegar a consensos sobre problemas básicos de la ciudad. Les propongo que deliberemos sin tanto discurso demagógico y fantasioso basado en la explotación oportunista de las necesidades de la gente, como en su momento fue la necesidad de vivienda. Que hagamos política sin tanta reunión convocada al llamado de la repartija de kits escolares, de regalos de día de las madres; sin tanta rifa y sin tanto coctel.

Imaginémonos por un momento que somos una ciudad que discute sobre el problema de las escasísimas oportunidades de formación técnica y universitaria de nuestros adolescentes, lo que los expone al rebusque y a veces al delito. Intentemos comprender y discutamos el problema del modelo de crecimiento de Cúcuta basado en la expansión urbana informal que dispersa a la ciudad en suburbios pobres y distantes como los del anillo vial, donde la población de escasos recursos se aleja más todavía de las oportunidades de salud y educación, ya de por sí escasas.

Los invito a que aprovechemos las elecciones, no solo para elegir candidatos que después no le rinden cuentas sino a quienes les financiaron las campañas, sino para llegar a conclusiones que nos muestren la luz al final del túnel y para que definamos cómo vamos a salir del laberinto en el que estamos.

P.D.: Venezuela llegó al chavismo porque perdió la fe en la democracia y en los partidos, cuando eran manejados por lo que allá llamaban “cogollos”. Aquí, por la vía de las recientes reformas políticas está pasando lo mismo. Se ha avanzado mucho en la imposición de la disciplina de partido, mostrando el látigo del transfuguismo y la doble militancia, pero se ha avanzado muy poco en los procesos de democratización interna de los Partidos para decidir y postular candidaturas. Volvimos al bolígrafo, o a lo que en México llamaban “el dedazo”.

En el liberalismo cucuteño, por ejemplo, existe la intención, afortunadamente no materializada todavía, de imponer candidato por “dedazo” sin preguntarle a nadie y pasando por encima de todo el mundo, como si la dirigencia del Partido no hubiera aprendido nada de la historia reciente de la política cucuteña. ¿Será por eso que las tres últimas elecciones las hemos perdido? Espero, y en mi condición de precandidato haré lo posible, porque esta no sea la cuarta derrota. Amanecerá y veremos.