LA FRONTERA Y LAS ELECCIONES

Venezuela, pese a su crisis de liquidez y pese a la enorme dificultad que tiene para hacerse a los dólares que necesita para importarlo casi todo, es un país signado por el modo de vida propio de los grandes exportadores petroleros. Eso significa que por fuertes que sean sus pugnas políticas internas, y así dentro de poco haya alternancia en el poder, los chavistas, que se alzaron con la bandera del reparto de la renta del petróleo entre los pobres, seguirán siendo una fuerte opción de poder político en ese país que tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, y que de paso está lleno de pobres. Así es la política.

Lo obvio es que Venezuela sea el primer destino de nuestras exportaciones. Estaba en camino de serlo en 2008 cuando ya era el primer mercado de los productos manufacturados de Colombia. En ese entonces también marchaban a todo vapor proyectos de integración de gran importancia para los cucuteños, como la Zona de integración Fronteriza entre Norte de Santander y Táchira, que tenía dentro de sus metas crear un espacio de libre tránsito entre los dos departamentos fronterizos complementado con acuerdos sobre transporte urbano, turismo, educación y protección de cuencas comunes.

Los cucuteños, así lo pretendan algunos de nosotros mismos, no podemos aceptar la idea absurda de renunciar a lo bueno de ser frontera, y en cambio sí tener que quedarnos con todo lo malo. Renunciar a lo bueno es, precisamente, atender la idea absurda de olvidarnos de Venezuela, que es la fuente de variadas oportunidades de negocios que ahora solo aprovecha la economía informal. Lo malo, es estar en los extramuros del país, más lejos de los mercados internos que cualquier otra región y estar condenados a sufrir por esa obvia razón el problema del aislamiento.

En 2008, nuestra economía exportaba a Venezuela 1200 millones de dólares. Cierto que buena parte eran exportaciones ficticias, pero hoy no tenemos ni las exportaciones reales ni las ficticias y a eso se debe la crisis de la ciudad. Venezuela, pese a su problema de liquidez, sigue importando. Solo que ahora reorientó sus importaciones de manufacturas y productos agropecuarios a sus socios del Mercosur, a quienes les paga con retraso, pero les paga.

No criticaré las razones del Presidente Uribe para justificar el distanciamiento con Venezuela, pero es claro que haber generado un enemigo externo “castro-chavista” resultó muy útil a la popularidad de su gobierno y muy útil también al gobierno venezolano, que encontró en el uribismo la excusa para gastos multimillonarios en equipos militares. El fin de las importaciones a los colombianos fue su mejor arma para lograr la aceptación definitiva en el Mercosur, cuyos socios anhelaban ese mercado venezolano que antes fue nuestro.

Los cucuteños nos quedamos sin las exportaciones reales y ficticias, sin la posibilidad de avanzar en la ZIF y sus variados proyectos de integración con el Táchira, y condenados a que la relación con los vecinos se dé solo a través de los canales del comercio informal que están a merced de las bacrim. Uribe ganó. Chávez ganó. Cúcuta perdió.


Ahora resulta que estamos ante un candidato que quiere seguir echando mano del útil argumento del “castro-chavismo” para consolidar su imagen de hombre fuerte y justiciero. Señala al régimen vecino de dictatorial, promete retirarle la condición de país garante del proceso de paz e invoca en su contra medidas sancionatorias internacionales. Si hay dictadura o no la hay es otro debate, pero les aseguro que si un próximo gobierno decide tomar posición de ese modo frente a nuestros vecinos, construirá una especie muro infranqueable a lo largo del río Táchira, que hará realidad la absurda propuesta que oigo en Cúcuta desde hace días: olvidarnos de Venezuela. Olvidarnos de lo bueno de estar en la frontera, para quedarnos solamente con lo malo.

31/7/14

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