EL FIN DE LOS FANTASMAS

Jamás un gobierno encabezado por Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras se aliará con las Farc para instaurar un régimen “castrochavista”. Olvidémonos de esos fantasmas creados para atemorizar a los colombianos con visiones terribles que no dejan recuperar la confianza en el país.

En los municipios más apartados del sur de nuestro departamento, muchos campesinos convencidos de la alianza fantasiosa entre Santos y las Farc, estaban seguros de que su triunfo sería el retorno inmediato de las tomas guerrilleras. Ese temor surtió efecto, como cuando a los niños se les asusta con el coco.

Jamás habrá en Colombia algo parecido a lo que hay hoy en Venezuela, no solo porque la identidad y las ejecutorias políticas de Santos lo vinculan personalmente con la élite industrial del país, sino porque él mismo, como Ministro de Comercio Exterior de Gaviria y Ministro de Hacienda de Pastrana forjó el modelo de internacionalización y apertura de la economía colombiana cuyo énfasis neoliberal tanto disgusta a muchos, entre los que me cuento. No habrá nada de “castrochavismo”. Olvidemos para siempre esos fantasmas si queremos reconciliarnos.

Otra cosa es pensar, como lo hace este gobierno, que la solución de buena parte de los conflictos colombianos se facilita con una mesa de diálogo con la subversión. Esa manera de entender los problemas de país y sus vías de solución puede estar entre la cabeza del más radical de todos los neoliberales, y coincidir en eso hasta con el Polo Democrático. En un país con guerrillas históricas, hoy financiadas con dinero del narcotráfico, nada mejor que un acuerdo que canjee desmovilización y desarme por cooperación en la sustitución de la mata de coca. En una sociedad como la nuestra que alcanzó la cúspide de la desigualdad, desde el industrial más neoliberal que busca más clientes para sus productos hasta el más radical de los izquierdistas pueden coincidir en el propósito común de tener un Estado que gaste más en educación, en salud y en carreteras que lleguen a los rincones más apartados y pobres del campo.

Lo que debe buscar Santos en su gobierno son, precisamente, los puntos de coincidencia entre los colombianos más ricos y más convencidos del modelo de mercado, de propiedad privada y de libre empresa que habitan las grandes ciudades y están representados en él mismo, y por la otra parte los colombianos más pobres, más carentes de educación, salud y vías que han sido el semillero de hombres y mujeres jóvenes que van a parar a las filas de la subversión, el paramilitarismo, las bacrim, y de donde provienen además la mayoría de los soldados rasos de un país donde la carne de cañón del conflicto es la pobreza.

Entre esos dos grupos de colombianos ricos y pobres existe el interés común de reducir la inequidad, de reiterar un Estado como el que dibujan los primeros capítulos de nuestra Constitución: un Estado capaz de cerrar las brechas sociales en salud, educación y comunicaciones. Ese es el punto de encuentro entre ricos y pobres que han alcanzado todos los países que se desarrollaron.

En cuanto a los cucuteños, también tenemos que reconciliarnos para salir adelante unidos. En este país hay muchas ciudades, por lo que ni Santos ni Zuluaga tienen como prioridad a Cúcuta. Cúcuta es prioritaria solamente para nosotros mismos. Puede ser cierto que la tramitación de muchos de nuestros problemas se facilitaría con acciones del Gobierno Nacional, pero su solución definitiva está solamente en manos nuestras y de nuestras autoridades locales. Es de eso que hablaremos de ahora en adelante.

31/7/14

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