SECRETOS DE LA RIQUEZA Y LA POBREZA

Una entrevista que Adolfo Meisel Roca, Codirector del Banco de la República, concedió al diario Portafolio el pasado 9 de enero, contiene este aleccionador párrafo:

“Pienso que Bucaramanga es la ciudad ejemplo en crecimiento económico, en conjunto con Santander. Es algo muy curioso porque allí no hay grandes empresas, la ciudad no es muy grande, la región no cuenta con las mejores tierras, no hay exportaciones y está aislada. Tiene un sector agroindustrial fuerte donde sobresale la avicultura. Cuenta con mediana industria, su tejido empresarial es más democrático, hay mejor distribución del ingreso, pero sobre todo, le va muy bien en capital humano. Le apostaron al turismo, les ha ido bien y hoy tiene el PIB per cápita más alto, por encima de Antioquia y de Bogotá.”

El PIB percápita de Meta y Bogotá, junto con el de Santander, supera 16 millones de pesos. Son los más altos del país, seguidos por los de Antioquia y Valle del Cauca. El caso de Meta lo explica la bonanza petrolera. El de Bogotá, la bonanza centenaria e incesante del centralismo que ha creado grandes urbes en todos los países de América Latina. Medellín y Valle basan su riqueza en una fuerte tradición industrial y agrícola. El caso de Santander, en cambio, merece explicaciones como la que aporta Miesel, y da una lección a otras regiones, especialmente a la nuestra.

Curiosamente, según un reporte publicado en la pasada edición dominical de este diario, en Cúcuta hay más multimillonarios con fortunas personales superiores a 15 millones de dólares que en Bucaramanga. Ganamos 16 a 9. Queda entonces claro que el secreto de la riqueza regional no reside principalmente en las grandes fortunas y las grandes empresas sino en las empresas pequeñas y medianas que se desarrollan en un entorno favorable con buen acceso a mano de obra calificada y beneficiadas por gobiernos locales que saben proveer bien lo que la Ley les manda: nada menos que salud, educación, ordenamiento espacial y vías urbanas y terciarias.

Imaginémonos que nuestro gobierno local nada tuviera que ver con la dirección de los procesos de desarrollo regional. Imaginémonos que tan solo se limitara mecánicamente a proveer aquello a lo que está obligado por la Ley, pero eso sí, que lo hicieran bien. Imaginémonos que los 600 mil millones del presupuesto de Cúcuta (muy similar al de Bucaramanga) se emplearan como es debido y sin malgastarse, en la educación, las vías internas y la salud de los cucuteños. Imaginémonos que no se pagara hasta 40% de comisión en la contratación de obras públicas y suministro de bienes y servicios para entidades públicas locales. Imaginémonos que nuestro gobierno local concertara con el SENA y las universidades públicas programas de educación para el trabajo. Imaginémonos que ese gobierno local tuviera capacidad de concertación con los parlamentarios nortesantandereanos para atraer inversión nacional en proporciones justas con las dimensiones demográficas de la ciudad.

El resultado de imaginar todo eso no sería ninguna visión irreal, imposible o milagrosa. Sería simplemente algo como lo que se hace en la vecina ciudad de Bucaramanga desde hace dos décadas, y por cuenta de lo cual la ejecución de un presupuesto muy semejante al nuestro acaba surtiendo efectos que al cabo de veinte años hacen una diferencia muy grande. Ese es, buena medida, el secreto de la riqueza o la pobreza de una región.

22/1/14