EL CIERRE DE LA FRONTERA: EL ETERNO DILEMA

Según la conveniencia individual, hubo a quienes les gustó y a quienes les disgustó el cierre de la frontera durante la semana pasada. Por eso, considerar el asunto en términos generales siempre ofende los intereses de algún sector. Sin embargo voy a arriesgarme a hacerlo.

La competitividad de cualquier región se construye entendiendo cuáles son sus condiciones objetivamente ventajosas y desventajosas. En nuestro caso, el hecho de ser frontera tiene la obvia desventaja de ubicarnos en un lugar distante del centro del país, de sus principales centros de producción y consumo, y distante también de sus sistemas nodales de infraestructura vial y portuaria. Superar esa desventaja requiere inversiones multimillonarias en infraestructura y en productividad a cargo del Estado y las empresas. Ese esfuerzo está pendiente.

La ventaja obvia de ser frontera, es tener acceso a la provisión de ciertos insumos básicos para las empresas y hogares, que a veces pueden tener la condición de factores productivos, como mano de obra, capital o incluso tierra. Es lo que ocurre con las empresas que siendo propiedad de cucuteños, están establecidas en Ureña y se benefician de luz barata e impuestos bajos. En el caso de los insumos destinados a los hogares, basta ir a cualquier pequeño abasto de cualquier barrio de Cúcuta para encontrar productos venezolanos que incorporan en su precio un subsidio que ese Estado otorga a través de su divisa subsidiada o de sus condiciones de producción subsidiadas, y que informalmente acaba beneficiando a los consumidores de Cúcuta. Es el mismo caso de la gasolina de contrabando. La que se expende legalmente incorpora un subsidio del Estado colombiano, que existe precisamente para hacerla competitiva frente al contrabando.

Cuando oigo a quienes afirman que a Cúcuta le iría mejor si la frontera estuviera siempre cerrada, me impresiona que sean tan ciegos como para sostener que debemos quedarnos con todo aquello que en la frontera es irremediablemente desventajoso, como la distancia del centro del país, y renunciar a todo lo que puede tener de ventajoso, precisamente la adyacencia de otra economía. Es una posición absurda.

Muchos cucuteños sostienen que debemos desarrollar una industria y una agricultura poderosa que se convierta en alternativa a nuestra economía tradicional y permita olvidarnos de la vecindad con Venezuela. La primera parte es verdad. La segunda parte, es una necedad. Embarcarnos en una guerra sin cuartel contra el diferencial cambiario y las diferencias de precios entre dos economías presentes dentro de una misma área metropolitana binacional, tiene tanto futuro como la guerra contra las drogas y supone un desgaste igual. Sí debemos continuar el lento y hasta ahora insuficiente esfuerzo por desarrollar la infraestructura, la agricultura y la industria, pero no hay que olvidar que somos frontera.

Leyendo el proyecto de Ley de Fronteras recientemente socializado en la Cámara de Comercio, encuentro que si bien la mayor parte no dice mucho que no esté consignado ya en normas anteriores, y otras muchas partes son meras declaraciones llamadas a resultar inútiles como otras del pasado, sí incluye algunos artículos que deberían enriquecerse y precisarse, como la creación de Zonas Francas Permanentes para empresas nuevas que soliciten ese régimen durante 2014, la posibilidad de reemprender el esfuerzo por crear la Zona de Integración Fronteriza y la creación de un Fondo de Compensación que garantice recursos de inversión nacionales para obras de infraestructura.

Invito a las Universidades y a los gremios a revisar este proyecto de Ley para enriquecerlo y perfeccionarlo, para que no resulte infructuoso y sí en cambio permita renacer la esperanza en procesos de integración local que le den un marco jurídico a las complementariedades que podemos lograr si reemprendemos su búsqueda y no renunciamos torpemente a las ventajas de estar al lado de Venezuela.

10/12/13

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