Estimados amigos:

Durante mi primer período en el Concejo Municipal de Cúcuta y desde mi tribuna en los medios de comunicación locales, me he dedicado con responsabilidad y perseverancia a ejercer la crítica, el control político y la denuncia pública. Desde el Concejo, revelé a la ciudad los hechos de corrupción cometidos en el Parque Bavaria y otros casos más que hoy son conocidos por la justicia o las entidades de control disciplinario y fiscal. También he sido propositivo. Este blog da cuenta de muchas de las ideas que espero algún día poder hacer realidad en Cúcuta.


Los invito a que respalden mi candidatura en las elecciones del domingo 30 de octubre, marcando el 4 de la lista al Concejo Municipal de Cúcuta del Partido Liberal Colombiano.

Cordialmente,

Pedro Durán Barajas
Guayabo
30 de junio de 2011

Los portugueses llaman saudade a esa sensación melancólica que traen los recuerdos de los viejos tiempos de su imperio colonial perdido para siempre. Entre nosotros hay ciudades que sienten lo mismo, como Cartagena, que le inspiraba a Luís Carlos López, mientras evocaba sus glorias coloniales, ese nostálgico cariño “que uno le tiene a sus zapatos viejos”. La saudade se parece a lo que en la Costa llaman “guayabo”, como cuando Poncho Zuleta canta “esos tiempos pasados nos dejan huellas de sentimiento, y solo queda el guayabo cuando ya todo pasa a la historia”.

En Cúcuta también hay recuerdos que enguayaban. Son los recuerdos de las mejores décadas de nuestro desarrollo urbano, que me permitiré evocar para intentar contagiarlos del guayabo que todos deberíamos sentir.

Vías como las que se construyeron en Cúcuta hace cuarenta o cincuenta años no volvieron a verse. Las obras públicas que quedaron de esa época continúan siendo los ejes de la ciudad, y la calidad de sus diseños no las ha superado ninguna otra. La avenida del Canal Bogotá, la Avenida del Aeropuerto paralela a Sevilla y la Diagonal Santander fueron trazadas cuando alguna vez Cúcuta tuvo planificadores y alcaldes serios y no ganapanes miserables repartidores de “contraticos”.

Al paso que vamos, no volveremos a ver obras civiles de la perfección que tiene el Canal Bogotá y las canalizaciones de aguas lluvias de Cuberos y Claret, que datan de los años cincuenta y sesenta. El Aeropuerto Camilo Daza, la Autopista a San Antonio y la Autopista de Atalaya, conectadas por la Diagonal Santander, van a cumplir medio siglo y tampoco tienen paragón alguno en lo que recientemente se ha hecho.

Entre lo más nuevo, como la Avenida Libertadores y el Malecón, los anillos viales y la Zona Franca que ya casi no existe, hay pocas cosas que tengan menos de veinticinco años. Algún alcalde aprovechó estos recuerdos enguayabadores cuando nos prometió volver a ser ciudad, una promesa vacía que acabó haciendo más dura la resaca, apenas paliada por obras importantes que deben reconocerse, como la remodelación del centro, la construcción del Estadio General Santander y varios puentes.

Al alcalde entrante le corresponde rescatar a la ciudad de la decadencia que se constata al comparar el desarrollo urbano de hoy con el que tuvimos hace medio siglo. Como para lograr ese rescate no puede confiarse de nuestros propios y escasos recursos fiscales sino del compromiso de la nación, debe contar con gran capacidad política.

Conozco de primera mano a todos los candidatos a la alcaldía. Les aseguro que si el peor de ellos gana las elecciones, no lo hará tan mal como la actual alcaldesa. Me reservo su nombre porque no creo que la ciudad cometa de nuevo una insensatez. En cambio, les daré el de quien creo que puede hacerlo mejor. Se llama Andrés Cristo, y los invito a votar por él.

No es fácil ser alcalde de una ciudad como la nuestra, llana de problemas graves y complejos. Administrarla bien requiere talento de equilibrista, reconocimiento político, gran familiaridad con la administración pública y sus mil y un expedientes, mucha paciencia y una buena dosis de cariño por la ciudad. Como Andrés Cristo tiene esas condiciones, y como además es el candidato de mi Partido, votaré por él, porque contribuirá, esta vez de veras, a materializar la promesa de volver a ser la ciudad promisoria que fuimos hace varias décadas.

P.D. Los editores de La Opinión tomaron la decisión, que no solo comparto sino que también habría tomado si estuviera en su lugar, de apartar de su planilla de columnistas, desde el primer día de julio, a quienes aspiramos a cargos de elección popular en las elecciones de octubre. Durante dos años he tenido el honroso encargo de escribir semanalmente en esta página editorial. Ese honor lo adeudo a los directores de este periódico y muy especialmente a sus lectores.


Las canchas sintéticas
21 de junio de 2011

Las canchas sintéticas son un ejemplo de cómo los males públicos crean oportunidades para el beneficio privado. En Cúcuta proliferan, y son tan buen negocio que muchos propietarios de terrenos urbanizables ganan más con una cancha sintética que construyendo casas.

Se convirtieron en un buen negocio porque la ciudad ha crecido más rápido que sus zonas verdes de uso público. Compruébenlo viendo cómo los parques públicos de todas las comunas de Cúcuta en donde se practican deportes al aire libre, están llenos después de las cinco de la tarde, y su saturación obliga a que quienes quieran encontrar un lugar disponible para jugar fútbol o microfútbol, los deportes más populares entre los jóvenes colombianos, tengan que pagarle a un particular una suma que oscila entre cuarenta mil y cien mil pesos por hora, según el tamaño y la ubicación de la cancha privada. Los invito a que se pongan por un momento en el lugar de un grupo de jóvenes cucuteños que quieran jugar microfútbol un fin de semana por la tarde en el parque más cercano a su casa, y sabrán de qué les hablo.

Algunos sectores de la ciudad que se cuentan entre los más populosos, muestran relaciones inauditas entre su número de habitantes y el área destinada a zonas verdes de uso público. Barrios como San Rafael, Cuberos Niño, Circunvalación y Alfonzo López, tienen menos de medio metro cuadrado de zonas verdes por habitante, y los que integran la ciudadela de Juan Atalaya, apenas tienen más de medio metro cuadrado. Esa es la razón por la cual los propietarios privados encuentran que las canchas sintéticas son un buen negocio: porque hay una función pública esencial del municipio de Cúcuta, la construcción y la administración de los parques, que no se cumple bien desde hace ya mucho tiempo.

De la relación entre la insuficiencia de espacio público y algunos de los problemas más graves que afectan a los jóvenes de esta ciudad, especialmente aquellos que no pueden pagar canchas sintéticas privadas ni ir a clubes para recrearse en zonas verdes privadas, pueden decirse muchas cosas que no son objeto de esta nota. Aquí lo importante es recordarle al nuevo alcalde que debe dedicarse prioritariamente a recuperar el espacio público para destinarlo a la recreación y el deporte, sirviéndose de todas las herramientas posibles, como la delegación de su administración a las juntas de acción comunal, la entrega concesionada a Cajas de Compensación –instrumento que ha sido muy exitoso en otras ciudades-, el apadrinamiento de entidades sin ánimo de lucro y hasta la creación de alguna entidad con un cometido semejante a la malograda Corporación Parques de Cúcuta.

Una sociedad de economía mixta que se dedique a velar por la recuperación de los espacios públicos y las zonas deportivas de la ciudad podría ser un mecanismo útil para recuperar algunos muy extensos y difíciles de administrar como El Malecón. También podría encargarse de revivir otros proyectos abortados como el Parque Metropolitano y el Paseo Rojo y Negro. Podría dedicarse a sanear un sinnúmero de mini concesiones de parques y zonas verdes en virtud de las cuales una multitud de vivos vive de los bobos a los que les cobran por dejarlos poner sus ventas ambulantes y sus casetas de artesanías en los parques. En fin, podría dedicarse a trazar un plan de crecimiento y recuperación de espacios públicos, en beneficio de la ciudad y de los propios socios de esa entidad, que deberían ser nuestros comerciantes representados por sus gremios, representantes de entidades sin ánimo de lucro y representantes de las juntas de acción comunal.

Ahora que los principales partidos políticos han definido sus candidaturas a la alcaldía de Cúcuta, debe comenzar el debate sobre los temas claves de la próxima agenda de gobierno. El espacio público y la recreación es uno de los más importantes.


María Eugenia y la nostalgia por Ramiro
-Respuesta a Jeremías-
8 de junio de 2011

La penúltima columna de Jeremías dice en una de sus apostillas, escrita en tono de grave reproche, que mientras en el pasado “repudié” al ex alcalde Ramiro Suárez, hoy lo tengo puesto “en una especie de santoral”. Jeremías de veras tiene un espacio en mi santoral personal. Como él lo sabe, se siente incómodo creyéndose acompañado por Ramiro, pero debo decirle que en ese lugar no tienen cabida los políticos, y por lo tanto yo, que comparto esa condición, no pretendo tampoco estar en el santoral de nadie.

La mayoría de los cucuteños, que recorremos esta ciudad y en carne propia sufrimos cotidianamente sus problemas, llevamos una vida muy distinta a la de Jeremías en su sereno despacho, y acaso no apreciemos la política con la misma actitud sosegada, con el mismo aplomo con que Jeremías se permite seguir opinando lo mismo sin que el paso del tiempo varíe sus puntos de vista.

Yo, debo reconocerlo, fui de los que aun cuando no voté por María Eugenia, asumí su triunfo y la derrota de mi candidato de ese entonces, con el secreto agrado que me causaba pensar que esa derrota la compensaba la oportunidad que le brindaba a la ciudad una alcaldesa que corrigiera los errores más graves de la alcaldía de Ramiro Suárez. Una alcaldesa que hiciera lo posible por revertir la concesión de los peajes, que supervisara rigurosamente el cumplimiento de los contratos de concesión del acueducto y el aseo, que deshiciera la disparatada concesión de la nueva central de transporte de pasajeros, que no permitiera cambios en las zonas de cesión como la del Bosque Popular y que ejerciera el poder municipal con honestidad y firmeza.

Hoy, cuatro años después, las razones de mi callada satisfacción de ese entonces, hacen parte de los motivos que tengo para “repudiar” la administración de María Eugenia Riascos. No solo porque no remedió los males de la alcaldía anterior, sino porque los profundizó, logrando de paso que los aspectos positivos de Ramiro Suárez contrastaran con el desastre de hoy, ante el cual sus cuatro años, con todos sus defectos, parecen resplandecer. Con Suárez, al fin y al cabo, junto con lo que no convenía, hubo obras comunidad–gobierno que permitieron pavimentar miles de calles en los barrios de Cúcuta, se remodeló el centro de la ciudad, se construyó un estadio, se adecuaron zonas de uso común –mientras otras por desgracia se vendieron- y se invirtió mucho dinero en la construcción de cuatro puentes, dinero que quizá habría tenido mejor destino en otros menesteres, pero que al fin y al cabo se empleó en un cometido de beneficio público.

Hoy, los liberales hacemos campaña a la alcaldía contando con la adhesión del ex alcalde Ramiro Suárez, a quien la gestión de María Eugenia Riascos, en su momento electa para castigarlo, ha convertido en el árbitro de la política municipal, y quizá en la única persona que puede hacer gala de su condición de ex alcalde cuando llama a votar por alguien, autorizado por los méritos de su período que contrastan con los fracasos del actual. En el Partido Liberal hemos recibido su adhesión con agrado y con prudencia, a sabiendas de que la capacidad política y administrativa de Andrés Cristo, a quien esperamos elegir como alcalde, aprovechará las cualidades del que en otra época fue nuestro contradictor y se beneficiará de todo lo que tenga de bueno, descartando todo lo malo.

Jeremías, que con tanta justicia lleva el nombre del profeta que reprendía a Israel por sus pecados y su impiedad, tiene mucho trabajo que seguir haciendo en Cúcuta, pero debe cuidar que el celo con que lleva a cabo su misión le haga ver la realidad maniqueamente, en blanco y negro, como cuando quizá fue uno de los que de buena fe cometió el error de ayudar a elegir a María Eugenia.


A montar en moto (II)
1º de junio de 2011

Son tantos los problemas de una ciudad como la nuestra respecto a los cuales es natural que las discusiones se enardezcan, como la desigualdad, la exclusión social, la educación, la salud y los servicios públicos, que me causó extrañeza ver a mi pasada columna sobre las motos convertida en el objeto de los reproches más severos que he recibido en mis dos años de columnista en este periódico.

El fondo de las conversaciones cotidianas de muchos cucuteños respecto al problema del transporte público y privado está afectado por prejuicios sociales comunes a las sociedades atrasadas, según los cuales a cada cual, según su condición, le corresponde un medio para moverse. Si es pobre, el bus o la moto. Si no es pobre, el carro. Si es rico, una camioneta. En largos recorridos, el bus si es pobre y el avión si es rico.

Si estos criterios prevalecieran en el mundo entero, en ciudades donde el ingreso per cápita supera hasta diez veces el nuestro, no habría espacio para movilizarse, porque todo el mundo lo haría en camionetas, y habría tantas que no cabrían en las calles. En cambio, los autobuses y los vagones de los metros viajarían vacíos. Por fortuna, a medida que las sociedades se desarrollan, esa manera de entender la movilidad urbana se supera, y todos los ciudadanos, ricos y pobres, se habitúan al transporte público en metro y autobuses, y quienes prefieren medios transporte privados, emplean motocicletas y bicicletas en porcentajes que a veces igualan al de quienes continúan usando automóviles.

Si usted piensa que el transporte público es para los pobres y que los motociclistas son una plaga inculta y temeraria que debe reprimirse, le aporta varios granos de arena al problema de la movilidad en Cúcuta, porque con seguridad también es de los que considera al carro como el medio de transporte más adecuado, cuando es el peor de todos. Es el que más contamina, el que más espacio ocupa en las vías y genera mayores atascos, el que más deteriora el asfalto y el que en nuestro caso, menos impuestos paga, habida cuenta del origen venezolano de la mayor parte de los carros cucuteños.

La ciudad necesita, con urgencia, un sistema de transporte masivo ajustado a nuestras condiciones de área y población, para que su eventual sobredimensión no produzca los problemas que tienen los nuevos sistemas de transporte masivo de Pereira, Cali o Bucaramanga. Además, necesitamos educarnos para utilizar buses en lugar de carros, y para que quienes prefieran utilizar motos las conduzcan con responsabilidad.

Como es obvio que una moto consume menos combustible y ocupa menos espacio que un carro, muchas ciudades las consideran una solución importante, e invierten en la educación de los motociclistas para que contribuyan a mejorar la movilidad urbana y prevengan la ocurrencia de accidentes de tránsito, que en nuestro caso cobran la mayor cuota de vidas entre todos los medios de transporte.

El crecimiento del motociclismo es una realidad inevitable en todas las ciudades colombianas, y como es inevitable, hay que explotar en este suceso todas las facetas de conveniencia que puedan encontrársele. Hoy se estima que tenemos setenta mil motos en Cúcuta, y la cifra crece en miles todos los años. Por consiguiente, entre las políticas públicas de movilidad que debe diseñar el próximo alcalde, las que correspondan al motociclismo deben estar entre las más importantes.

El nuevo alcalde debe integrar a las empresas concesionarias de motos, a las asociaciones de motociclistas y por supuesto, a la Secretaría de Tránsito Municipal, para crear una academia de motociclismo que nos permita aprovechar las ventajas de este medio de transporte. Este proyecto ya lo presentó el concejal Alejandro Canal a la actual alcaldesa. Como tantas otras ideas urgentes e importantes para Cúcuta, le entraron por un oído y le salieron por el otro.


A montar en moto
25 de mayo de 2011

¿Que habrán hecho los motociclistas para ser objeto de tanta discriminación por parte de las autoridades de tránsito? Hacen bien la Secretaría y la Policía de Tránsito cuidando que los motociclistas tengan al día el SOAT, el certificado de revisión técnico-mecánica, porten chaleco naranja y usen casco, pero les aseguro que a los motociclistas infractores, cuya proporción no debe ser mayor que la de automovilistas infractores, los persiguen con mayor afán.

Todos los días y todas las noches veo retenes en los que se revisan los documentos de los motociclistas, mientras que sólo de vez en cuando se les exige lo mismo a los conductores de carros. Además, los motociclistas son objeto de restricciones especiales que no se extienden a los automovilistas, como la prohibición de circular después de las once de la noche o de llevar un segundo pasajero hombre, restricción además sexista.

En Cúcuta hay cerca de veinticinco mil motos, y casi todas ellas están en manos de personas trabajadoras que las utilizan para desplazarse al trabajo, ir a la universidad o llevar los hijos al colegio. Los ingresos de la mayor parte de esos cucuteños no superan dos salarios mínimos mensuales, lo que les limita la posibilidad de ser propietarios de un carro, medio de transporte que los exceptuaría de las restricciones y la discriminación que las autoridades de este municipio les reservan.

En tanto no se ordene el transporte público colectivo de pasajeros, asunto en el cual la alcaldesa de Cúcuta y el Director del Área Metropolitana no han sido capaces de poner de acuerdo a los alcaldes de Los Patios y Villa del Rosario, nadie tiene derecho a decirle a los trabajadores y los estudiantes cucuteños que no compren una moto que les permita gozar de condiciones de movilidad parecidas a las de quienes tienen mayores ingresos.

Ojala muchos más cucuteños se movilizaran en motos. Por cada carro o cada camioneta a veces transporta solo a su conductor, caben hasta cinco motos en la vía pública y en los espacios de aparcamiento. La proporción de contaminación, consumo de combustible y deterioro de la calzada es mucho más que diez veces menor en las motos nuevas que en los carros.

Hasta hoy no he conocido ningún estudio que demuestre que las restricciones a la movilidad en moto han tenido alguna incidencia en la seguridad de la ciudad. Sí veo en cambio, que trabajadores, estudiantes y padres de familia propietarios de motos, pese a que en su conjunto tienen ingresos menores que los propietarios de carros, pagan proporcionalmente más al Municipio de Cúcuta por multas y comparendos, y soportan un tratamiento por parte del Municipio abiertamente discriminatorio que se aplica desigualmente contra ellos: por cada vez que un automovilista es detenido en una redada de las autoridades de tránsito, un motociclista es detenido muchas veces.

El año entrante la ciudad amanecerá con treinta mil motociclistas, lo que obliga al nuevo alcalde a desarrollar un conjunto de medidas dirigidas a mejorar las condiciones de movilidad de ese gran número de cucuteños. Estoy convencido de que la ciudad sería más competitiva con más bicicletas y motos, con menos y mejores vehículos de transporte público, y con menos carros, que son el problema más grave.

El mismo esfuerzo que se hace para restringir y desestimular el tráfico de motos, se puede destinar con mayor provecho en la educación de los motociclistas y de los automovilistas. Continuar con el tratamiento discriminatorio y prejuicioso contra las motos no tiene sentido, salvo que sea porque, como dicen los mismos motociclistas, los concesionarios de la grúa que se lleva las motos, los del patio de la Secretaría de Tránsito que las recibe y las autoridades de Tránsito que las inmovilizan, ganan diez veces más con un viaje que carga diez motos que con uno que carga sólo un carro.


Meditaciones a pié
11 de mayo de 2011

Comenzaba la Semana Santa cuando regresaba a Cúcuta desde Bogotá por carretera, y advertí que cosas que imaginamos simples y fáciles a veces no lo son tanto, por cuenta de otras igualmente simples cuya existencia solo enseña la experiencia.

Por cuenta de los derrumbes entre Cúcuta y Pamplona me pareció sencillo caminar entre Pamplonita y el Diamante, sitios en donde se cerró la carretera al paso de los carros. Si el profesor Moncayo recorrió el país caminando, si tanta gente ha recorrido a pié medio mundo peregrinando a Santiago de Compostela o a La Meca, no sería difícil, pensé, caminar entre dos lugares por los que había pasado tantas veces, aun cuando solo hasta ese momento reparé en que siempre había hecho ese camino en carro. Entendí la diferencia entre el viaje en carro y el viaje a pié después que durante seis horas de caminata sufrí la llovizna y el acecho de los perros que cuidan las casas a la vera del camino. No había notado hasta entonces cómo los perros del campo tienen un temperamento altanero y orgulloso, mientras que a los perros de la ciudad los hace tímidos el maltrato de la calle.

Esa experiencia me sirvió para entender que la vida en las carreteras no es tan simple. Vi las filas interminables de buses y camiones; vi a sus conductores durmiendo en hamacas que cuelgan de los chasises, vi las mercancías perecederas depreciándose con el paso de las horas; vi desesperarse a los pasajeros de los buses que viajan con niños de brazos. Todo un fresco que ilustra cómo el transporte encarece lo que compramos y lo que vendemos en Cúcuta.

Me imaginaba cómo la carretera que lleva de Cúcuta a Ocaña debía tener dos derrumbes por cada uno de los que había entre Cúcuta y Pamplona, y cómo la ciudad, sin vías de acceso y sin agua potable en ese momento, viviría un par de semanas sitiada por la naturaleza y por su propio atraso. Guardaba el secreto deseo de ver prolongada esa situación por meses: si tocábamos fondo, pensaba, la ciudad no tendría cómo evitar enfrentarse con el agua y las vías, sus dos principales problemas, y la elección entre la doble calzada y la carretera del Alto del Escorial dejaría de ser un dilema bizantino para convertirse en dos proyectos que darían a Cúcuta otra vía para entrar al país, así como Bucaramanga puede hacerlo por San Gil, o por la Carretera Central o por el Magdalena.

Siempre he sentido disgusto por los escandalosos ladridos de los perros y acaso por eso me gustan tanto los gatos. Mientras caminaba sufriendo su acoso, además indignante porque su objeto somos los caminantes extraños que pueden causar peligro a su casa o a sus amos, pensaba en el círculo vicioso del atraso de Norte de Santander.

Las solicitudes de los líderes regionales al gobierno nacional reproducen el origen de su propio liderazgo. Si ese origen es una burguesía industrial que demanda carreteras, ferrocarriles y aeropuertos, eso es lo que pedirán. Si es una población empobrecida que necesita resolver sus necesidades más básicas, si son gentes a las que su afán por comer y por vestirse no les permite ver más allá de su apremio cotidiano, sus líderes pedirán servicios asistenciales, mercados, trabajo mal pagado y limosnas. Lo mismo que su pueblo les pide.

La ruptura de este círculo vicioso exige que los líderes nortesantandereanos hagan gala de un sentido de responsabilidad política que quizá nuestro pueblo no reconozca cuando lleguen las elecciones, o que el pueblo nortesantandereano esté decidido a escoger a quienes muchas veces no están dispuestos a corresponder inmediatamente su respaldo con un favor personal. De lo contrario, la brecha que nos separa de Santander, de Antioquia o de Cundinamarca seguirá creciendo, porque mientras esas regiones exigen vías, aeropuertos, represas y universidades, aquí exigimos puestos, contratos y mercados para los amigos.