LA GLORIA EFÍMERA DE VÍCTOR CASTELLANOS

El viernes pasado asistí a un acto público en el Parque Colón para despedir de la vida pública a Víctor Castellanos. La concurrencia fue muy escasa. A unos pocos amigos, la mayor parte contemporáneos suyos, se sumaron algunas personas que pasaban a esa hora por el parque y los atrajo la singular concurrencia que se agrupaba en torno a la glorieta para oír a un hombre que arengaba una multitud ausente que quizá ya no existe, como si se tratara de un personaje de Juan Rulfo.


Víctor Castellanos forjó su liderazgo entre la muchedumbre de los desarraigados por la violencia partidista del siglo veinte, que hoy, en el ocaso de su ancianidad, todavía son conmovidos por la memoria de Jorge Eliécer Gaitán. Fue jefe entre las multitudes desplazadas de los campos de Norte de Santander hace cincuenta años que crearon una ciudad del tercer mundo donde antes había una pequeña población de comerciantes.

Hizo parte de la primera generación de políticos colombianos cuyo destino lo signó el afán reivindicativo de las masas de excluidos que aparecieron por primera vez en el mundo durante el siglo diecinueve en tiempos de la Revolución Industrial, pero que entre nosotros fueron fruto de la violencia política de mediados del siglo veinte. Fue líder de los campesinos que abrumaban los suburbios de una ciudad en donde nadie estaba dispuesto a recibirlos salvo como braceros o empleadas del servicio y en donde su condición de excluidos los convertía en invasores forzosos a donde quiera que llegaran a vivir o a trabajar.


Así surgió la mayor parte de Juan Atalaya y los barrios occidentales de Cúcuta, sectores de la ciudad de cuyo doloroso nacimiento existe poca memoria escrita. Así nació también el Mercado de la Sexta, donde se establecieron muchos que antes vendían en las plazas de sus pueblos y ahora no tenían lugar en el mercado cubierto del centro de Cúcuta. Víctor fue el intérprete de las masas que invadieron Atalaya hace cuarenta años. Fue a la cárcel varias veces cuando enfrentó al alcalde y a la policía de entonces. Fundó el Barrio Comuneros y encabezó la invasión de los predios de la Avenida Sexta donde después se construyó el Mercado Popular Víctor Castellanos, cuya reciente demolición refleja la disipación de la memoria de una generación que ya pasó.


Las dos siguientes cohortes de políticos cucuteños han recogido la cosecha de Víctor Castellanos y sus colegas de ese entonces, que exigieron al Estado acoger como ciudadanos a las masas que huían de la violencia para que accedieran a ciertas garantías sociales básicas, pero no lograron, y no por falta de voluntad, que los beneficios del Estado fueran suficientes y se dispensaran sin la intermediación del clientelismo.


Entre los herederos de quienes hace décadas seguían a Víctor se ha desvanecido el recuerdo del apoderado de sus padres y abuelos en la plaza pública, en los enfrentamientos con la policía cuando se fundaba Atalaya y el Mercado de la Sexta, y en el Concejo de Cúcuta, la Asamblea Departamental y el Congreso. Los hijos y nietos de esos antiguos excluidos, lo cucuteños de hoy, que a pesar del esfuerzo de personas como Víctor aun son afectados por las taras de la política que se practica en medio de la pobreza y la ignorancia, han olvidado casi por completo a este hombre que pertenece a una generación de dirigentes en la que hizo mella la inocencia quijotesca y el excesivo idealismo, preservándolos de la codicia que caracteriza a los actuales políticos cucuteños. Por eso, como lo advirtió él mismo el viernes, después de una vida entera consagrada al servicio público llega a los ochenta y dos años sin tener siquiera una pensión de jubilación ni tampoco en donde caerse muerto.



4/3/09

LOS CARTELES MEXICANOS

La prensa internacional habla diariamente de México y los carteles de Tijuana, Ciudad Juárez, Oaxaca, Sinaloa y otros más que pasan de la docena y se citan hoy con en tratamiento familiar que en otra época merecían los de Medellín y Cali.


Se oye decir que México está viviendo lo que Colombia hace diez años, cuando el Estado y Pablo Escobar se enfrentaron en una guerra por cuenta de cuyo desenlace el Estado colombiano se siente autorizado para dar lecciones a otros países. Para la muestra un botón. El ministro Santos regresa hoy de Washington después de haber puesto a la orden la experiencia colombiana para ayudar a Afganistán en la lucha contra la droga.

La derrota de los dos grandes carteles dispersó el narcotráfico a lo largo y ancho del país. Lo que hace quince años estaba en manos del monopolio de Pablo Escobar y Gilberto Rodríguez se disgregó entre muchos pequeños carteles. La prosperidad ilusoria, el gusto vulgar y recargado de los delincuentes nuevos ricos, los valores propios de su negocio ilegal y hasta su manera de hablar, antes reserva exclusiva de Medellín y Cali, se convirtieron en patrimonio de la cultura popular colombiana. La dispersión del negocio a otras ciudades acaso sea responsable de la considerable cuantía, quizá solo aparente, del comercio exterior de una región como Norte de Santander, que hace diez años no exportaba más de cien millones de dólares y el año pasado, según datos oficiales, exportó más de mil doscientos millones de dólares, sin que sea notorio el crecimiento en la misma proporción de la industria y los servicios.


¿Acaso el fin de los grandes carteles ha implicado la reducción de las extensiones de tierra sembradas con cultivos ilegales? ¿Acaso se ha reducido la cantidad de droga que exportan los narcotraficantes? Ambas preguntas tiene como respuesta un No rotundo. Hoy hay más cultivos ilegales y más exportaciones de droga que nunca antes. 


Quizá el fin del monopolio de los carteles haya democratizado el narcotráfico diseminando sus peligrosas secuelas, debidas no al objeto mismo del negocio sino al entorno ilegal en el cual se despliega, que lo reserva para las peores manos, es decir, para quienes están dispuestos a vivir fuera de la ley.

Porfirio Díaz, un presidente mexicano que por razones que la extensión de esta columna no permite referir tiene un gran parecido con el actual presidente de Colombia, pronunció alguna vez una frase que citada fuera de su contexto original tiene un cierto tono fatídico que la ha hecho famosa: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. 


La vecindad con Estados Unidos le ha valido la mala suerte de ser parte inevitable de la ruta de la cocaína colombiana. Si para colmo de males su gobierno se deja convencer de repetir nuestra experiencia en la guerra contra los carteles, será terreno aun más fértil para la delincuencia organizada y habrá que complementar así la frase de Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y a medio camino entre Colombia y los Estados Unidos”.

Más valdría que el gobierno del Presidente Felipe Calderón declinara su compromiso con la versión mexicana del Plan Colombia, bautizado “Plan Mérida”, y tomara seriamente en cuenta la reciente declaración de los ex presidentes Fernando Enrique Cardozo, Ernesto Zedillo y César Gaviria, éste último de quien se dice dizque ganó la guerra contra el Cartel de Medellín. Debería recoger la experiencia de tres líderes que enfrentaron antaño el mismo problema y ahora recomiendan avanzar poco a poco en la liberalización del mercado de narcóticos, lo cual le daría a su país la talla que de suyo tiene en la región, liderando una nueva política que acepte públicamente el fracaso de la represión en la lucha contra el narcotráfico.



25/2/09

LA REVOLUCIÓN VENEZOLANA

Opinar sobre la Revolución Cubana es tan difícil como estimar el saldo de sus logros y sus frustraciones. De lo que la solidaridad ha conquistado en favor de la ilustración y la prosperidad de los cubanos y lo que la disciplina social ha menoscabado de su libertad. Pero opinar sobre la Revolución Bolivariana es aun más difícil, porque antes de poner en la balanza logros y fracasos, hay que tratar de saber de qué estamos hablando.


Los cambios sociales que merecen el nombre de revoluciones han contando con la adhesión sacrificada e irrevocable de millones de personas. La Igualdad y la Libertad en Francia y Estados Unidos. El Comunismo en Rusia y en China. Los mejores momentos de la Revolución Cubana fueron un derroche de consagración a la zafra y las brigadas sociales de salud y alfabetización en medio de escasez y privaciones. En cambio, entre los miles de venezolanos que visitaron Cúcuta para mercar y cambiar dólares subsidiados no había muchos revolucionarios, y me pregunto cuántos habrá entre el setenta por ciento de la población empleada de Venezuela que trabaja para el Estado o sus empresas.

Lo que hay en Venezuela es un proceso contradictorio de reformas democráticas que entrañan pérdidas y beneficios. Un singular modelo de revolución socialista basado en la exportación de petróleo a las economías capitalistas.

Hay un Estado que distribuye mejor sus rentas hoy que hace diez años. Cada vez hay más venezolanos cobijados por privilegios que se otorgan mediante subsidios y exenciones, ahora extensivos a los más pobres. No lo dice el gobierno, sino la Cepal y la Unesco. Hace diez años 50% de los venezolanos eran pobre y 21% indigentes. Hoy los pobres son 30% y los indigentes 10%, lo cual indica que a través de las misiones y otros programas sociales se reparten mejor las utilidades del petróleo, antiguo privilegio de una clase media cuya opulencia la hizo famosa en el mundo entero y hoy reniega emotivamente del chavismo.

Como la deuda externa e interna de Venezuela es varias veces menor que hace diez años (DE: US$41.862 millones en 1999 y US$14.334 millones hoy; DI: 73,5% del PIB en 1998 y 14,4% en 2008), hay que reconocer la gran responsabilidad fiscal del gobierno actual, poco común en la historia reciente de Venezuela.


Lo criticable de la Revolución Bolivariana es que se ha limitado a ser una revolución de los títulos de acceso al reparto de las rentas originadas en la exportación de recursos naturales. Nada ajeno a una inveterada tradición venezolana, al punto que alguna vez un lánguido candidato presidencial opositor al chavismo prometió una tarjeta débito para que cada cual retirara los dólares que valían los barriles de petróleo que le tocaban.


He ahí el problema. El setenta por ciento de la población empleada, que goza de la condición de servidores del Estado, desde hace dos meses atiende a medias las oficinas públicas porque solo tiene tiempo para trabajar obcecadamente en las campañas electorales de la Revolución y ahora están exhaustos. Desde la terraza de Miraflores le solicitaron vacaciones al Presidente, un derecho que ganaron para gozarlo durante una semana que empata con los carnavales y se convertirá en medio mes de fiesta, donde solo trabajan Los Melódicos, La Billo´s y otros empleados del sector terciario de la economía.


Hubiera sido preferible que Chávez dejara de ser presidente en 2012, para que sus últimos años en el gobierno los dedicara a consolidar al PSUV como la salvaguarda institucional de su cosecha, cuyos innegables frutos no saltan a la vista porque los ensombrecen las secuelas nocivas de sus esfuerzos por ser presidente vitalicio.



18/2/09

"IL DIVO"

Durante las últimas semanas la prensa española ha publicado numerosas reseñas de dos películas italianas cuya versión castellana se estrenó en diciembre, después que hubieran recibido los dos premios más importantes que otorgó el jurado del Festival de Cannes a mediados del año pasado. Una de ellas, “Gomorra”, trata sobre la Camorra napolitana. La otra, “Il Divo”, sobre el último de los siete gobiernos parlamentarios de Giulio Andreotti, inveterado político que ha estado sentado en el parlamento de Italia casi sin interrupciones desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el sol de hoy, ostentando a sus noventa años el título de Senador Vitalicio.


Il Divo retrata la política italiana sirviéndose de algunas licencias propias de la literatura que caricaturizan sus rasgos premodernos, resultado de la condición híbrida de una nación cruzada por la frontera que marca el desarrollo del Norte y el atraso del Sur.

Al público de Cannes seguramente le pareció crítica y burlona la imagen del perdurable presidente italiano reunido a solas con sus viejos electores romanos en vísperas de Navidad regalándoles mercados y embutiéndoles rollitos de billetes en el bolsillo de la camisa mientras los abrazaba uno por uno. Entre nosotros, tal acontecimiento habría sido visto con naturalidad.


La connivencia con la Mafia, que acabó convirtiéndose en tolerancia con sus crímenes, es otro motivo de crítica, a la vez que una oportunidad para mostrar la habilidad política que entre los italianos se asocia proverbialmente con Andreotti, capaz de crear un consenso clientelista entre políticos y mafiosos que le permitió al partido de la Democracia Cristiana ganar por décadas las mayorías parlamentarias con base en el fiel respaldo del sur, tierra de la Mafia, la Camorra y la Ndrangheta. Nada que aquí nos extrañe.


La guerra de baja intensidad contra el terror de las Brigadas Rojas, levantadas en armas en nombre del comunismo pero una que otra vez proclives a los pactos soterrados con los políticos más oscuros, y el extraño secuestro y asesinato del ex presidente Aldo Moro, parlamentario y presidente del partido de Andreotti, son de los hechos más notables de un momento de crisis que puso de acuerdo a los políticos italianos en torno al “compromiso histórico” entre conservadores y comunistas, entonces las dos principales fuerzas del parlamento, y dio lugar a una de las presidencias más largas de Andreotti, componedor de un pacto que parecía imposible. Nada que no haya experimentado nuestra historia durante los días del Frente Nacional.


Lo que en Cannes lució como caricatura lo veremos al otro lado del mar como un documental sobre prácticas muy familiares, quizá desplegadas con un estilo más solemne. El poder convertido en un fin en sí mismo y obsesionado con sus propios temas es la particularidad más notable de la política italiana, motivo de extrañeza y curiosidad en el resto de Europa. El Norte prospera con sus industrias mientras a Roma se la disputan los políticos como Andreotti y Berlusconi, que no dan cuenta sino de sus propios intereses dominados por la vanidad del poder. Nada extraño a lo que pasa en Colombia, salvo que aquí no tenemos nada que se parezca a la pujanza de la economía de Italia y sus grandes empresas. Solo una débil sociedad que renuncia a discutir lo que realmente importa y acaba absorbida por un debate signado por la vanidad de uno que quiere ser presidente toda la vida, como el Señor Andreotti, que lo fue siete veces.


P.D.: Las películas citadas y otras que también fueron premiadas en el pasado festival de Cannes como “Ché: El Argentino”, cuyo actor principal, Benicio del Toro, ganó la Palma de Oro, pueden verse íntegras en la página española www.dospuntocerovision.com



4/2/09

LAS PRECANDIDATURAS

Resulta preocupante que habiendo trascurrido seis años del actual gobierno a lo largo de los cuales se han conocido tantos hechos que hablan de su indignidad, todavía haya quienes sean persuadidos por la equivocada suposición según la cual el problema de la sucesión presidencial es que no hay en la República de Colombia un líder con las condiciones excepcionales de Álvaro Uribe.


La verdad es que hay muchos, pero el sistema político colombiano no ha desarrollado suficientemente las herramientas para escogerlos bien. El sofisma de las características excepcionales de Álvaro Uribe encuentra algún asidero en el hecho inocultable de que es el primer presidente de la historia colombiana electo por la opinión pública desengañada de la política clientelista, que continúa imponiendo parlamentarios y concejales, pero que poco a poco pierde el control de las elecciones presidenciales y de alcaldías, muy influidas actualmente por los medios de comunicación y por diversos recursos mediante los cuales el público crea estereotipos en torno a ciertas figuras públicas, de lo que “la mano firme y el corazón grande” es un ejemplo especialmente notable.

Después de su elección, debida al abrumador respaldo urbano ajeno a la coacción de los paramilitares, cuya ayuda fue cierta pero no determinante como tampoco lo fue la de las maquinarias clientelistas, la mayoría del congreso se plegó en torno suyo. Desde entonces, Uribe actúa sin escrúpulos legales o éticos al amparo del presidencialismo centralista que le ha permitido dispensar nombramientos, negocios y privilegios para comprar la huidiza lealtad de los políticos más venales del país, a quienes no necesitó para ser electo presidente, pero sí para reelegirse y gobernar.


Uribe ha dictado una lección de historia que muchos de los partidos y de los candidatos a sucederle no han aprendido. La lección consiste en demostrar que con base en la política de clientelas y favores no pueden construirse partidos políticos capaces de elegir un Presidente de la República o un alcalde de Medellín o Bogotá en competencia con figuras públicas cuyos estereotipos, ciertos o falsos, se identifiquen con las virtudes que se oponen a los vicios de los viejos partidos y sus jefes.


Esa lección no la han aprendido, por ejemplo, quienes defienden la precandidatura liberal de César Gaviria convencidos de que su capacidad para convocar a los parlamentarios liberales y uribistas pesa más que los amargos recuerdos de un gobierno que presenció el crecimiento ingente del paramilitarismo y la subversión, que promovió una desordenada apertura de la economía que quebró buena parte de las pequeñas unidades de producción campesina y que toleró alianzas soterradas con grupos ilegales enfrentados a Pablo Escobar.


Tampoco la han aprendido quienes ignoran las transformaciones sociales que han ocurrido en medio siglo, y consideran que las diferencias políticas entre los herederos de los ex presidentes Eduardo Santos y Carlos Lleras Restrepo siguen representando los intereses que se enfrentan en la sociedad colombiana actual, como si en cincuenta años el país no hubiera cambiado lo suficiente para demandar la renovación de sus élites políticas y estuviera obligado a recurrir a los mismos de siempre.


Tampoco la han entendido aquellos que no tienen otra cosa que ofrecer distinta a su incondicional fidelidad al Presidente y están esperando que a través de su “guiño” se les transfiera el carisma que anule la deslucida simplicidad de su carácter, como ocurre con la Senadora Marta Lucía Ramírez o con el Ministro de Agricultura, cuyo nombre ni recuerdo.


Entre los precandidatos que no he mencionado, hay algunos excelentes que desvirtúan la tesis del Presidente insustituible. No obstante, hay algunas personas para las cuales Uribe siempre será insustituible, como los contratistas de obras civiles que financiaron la recolección de firmas del proyecto de referendo reeleccionista, o el hermano de Fabio Valencia Cossio, o José Obdulio Gaviria y todos sus amigos.



28/1/09

OBAMA: ACUERDOS Y CONTRADICCIONES

Pido disculpas por referirme a un asunto que últimamente ha sido abordado con tanta insistencia y sobre el que ya se ha dicho tantas veces lo mismo que parece inoportuno volver a citarlo. Habrán adivinado que me refiero a Barack Obama.


Durante su posesión el día de ayer, la reiterativa alusión a los emblemas norteamericanos de la unidad nacional y las conquistas de los derechos civiles de la población negra hicieron inocultable la obvia condición que lo hace encantador, y que el mismo rehusó celosamente confesar durante su campaña porque sabía que tocaba la más dolorosa contradicción de la sociedad estadounidense: su condición de hombre negro.

A lo largo de la historia norteamericana el hecho de ser extranjero, indio, negro, hispano, irlandés o cualquier cosa distinta a la identidad blanca y protestante de la nación primitiva, daba lugar de inmediato a un trato discriminatorio y se convertía en una incómoda refutación del principio fundador de los Estados Unidos, esa frase de la Declaración de Independencia redactada por Tomas Jefferson en 1776 que se repite como un credo en los discursos de los presidentes sin exceptuar el de ayer: “Sostenemos como certeza evidente que todos los hombres fueron creados iguales y que el Creador les otorgó derechos inalienables, como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.


Pese a la célebre frase de la Declaración de Independencia, la esclavitud perduró en el sur de los Estados Unidos hasta 1864 y para ponerle fin fue necesaria la guerra civil más sangrienta del continente. La memoria de Abraham Lincoln, de quien Obama confiesa ser gran admirador, se levanta sobre una guerra que costó más de seiscientas mil muertes en un país que apenas comenzaba a poblarse, y dejó como saldo el perdurable resentimiento xenófobo y segregacionista del sur, contra el cual Martin Luther King lucho hasta su muerte.


Las secuelas del pasado de discriminación aun no se borran, y quizá por eso Barack Obama le ofreció a la nación americana la posibilidad de ver superada la contradicción ancestral de su país, que todavía a mediados del siglo veinte proclamaba ser un “bastión mundial de la democracia” en lucha contra el totalitarismo, como lo decía el presidente Roosevelt, mientras consagraba la segregación social interna como modo de vida. Le ofreció esa posibilidad a los estadounidenses, no sin cierta estratégica hipocresía, porque pretendiendo encarnar la unidad que pregonó Abraham Lincoln evitó ser asociado con los líderes negros que encabezaron la lucha por los derechos civiles en los años sesenta, como Jesse Jackson, compañero de M.L. King, quien solo cobró notoriedad como amigo de Obama cuando se le vio llorando en Chicago durante la celebración de la victoria. El pasado segregacionista y la propensión a la discriminación fueron la mayor ventaja y la mayor amenaza de Obama. Una ventaja porque él significaba su expiación, y una amenaza porque podía volverse en su contra si se mostraba excesivamente identificado con las tradicionales reivindicaciones de los líderes negros.


Ser negro hace muy importante al nuevo presidente norteamericano a la luz de la historia de su propio país. La relevancia de ese hecho no sería la misma en Colombia, o en Brasil, en donde la discriminación contra las minorías étnicas no ha conocido la institución de la segregación o el apartheid y se ha diluido parcialmente en el mestizaje. O en Sudáfrica, donde al fin y al cabo Nelson Mandela fue presidente de una nación mayoritariamente negra.


En la biografía del nuevo presidente hay muchos elementos cuya rareza llevan a creer que su gobierno será diferente. En lo que a nosotros respecta, su naturaleza cosmopolita y sus promesas de diálogo multilateral resultan muy interesantes. Ojalá pueda llevarlas a cabo.



21/1/09

CÚCUTA D.F. SIN PEAJES

El pasado 13 de diciembre este diario publicó una columna de opinión escrita por Manuel Guillermo Cabrera titulada “Soluciones sin Peajes” en la que se planteaban dos alternativas para financiar la construcción y el mantenimiento de las vías de la ciudad.


En este momento el desarrollo vial de Cúcuta se supedita a la posibilidad incierta que representan los compromisos de la firma San Simón S.A., que obliga a dicha empresa a la construcción de dieciséis obras de las que hasta la fecha nada hemos visto pese a que desde hace un año está recaudando dos peajes. El municipio no sale de la bancarrota causada por la irresponsabilidad de las administraciones anteriores y está tan pobre que no puede permitirse ni tapar los huecos de las calles, y para colmo de males renunció al Pase Amigo, que pese a la forma equivocada en que se concibió, era el único tributo que procuraba algún dinero para mantener precariamente unas vías cuya completa reparación puede costar cincuenta mil millones de pesos, según estiman algunos conocedores del problema.

Una de las propuestas de Manuel Guillermo Cabrera es solicitarle al Gobierno Nacional la nacionalización y el otorgamiento de placas cucuteñas a los vehículos venezolanos, tomando las precauciones que eviten repetir la frustrante experiencia de hace casi veinte años, cuando se intentó sin éxito algo parecido. Como resultado de esta medida el Municipio se beneficiaría con el impuesto de rodamiento que están obligados a pagar los vehículos de matrícula colombiana. La verdad es que los cucuteños no tenemos derecho a exigir que las calles de la ciudad se parezcan, por ejemplo, a las de Bucaramanga, si no estamos dispuestos a pagar impuesto de rodamiento.


La otra propuesta, igualmente oportuna, consiste en sugerirle al Gobierno Nacional la supresión de los peajes fronterizos, que realmente son peajes urbanos que dificultan la integración del área metropolitana binacional de la cual hacen parte Ureña y San Antonio, sustituyéndolos por un gravamen a las exportaciones que pasen por Cúcuta, de cuyo cobro se concesionaría a la misma firma que cobra los peajes. Así no se hiere la susceptible emoción solidaria que el Gobierno Nacional profesa por sus socios, y en cambio se le daría un motivo para concederles un negocio aún más rentable que también tendría como consecuencia la extensión de los compromisos de San Simón S.A. con la ciudad.


La reglamentación de la reforma constitucional del año pasado que convierte al Municipio de Cúcuta en Distrito Fronterizo y Turístico, en cuyo diseño está trabajando un grupo de consultores contratados por la Cámara de Comercio, debe tomar en consideración estas propuestas y convertir la existencia del Distrito Fronterizo en la justificación de herramientas extraordinarias que permitan financiar el desarrollo de la infraestructura de la ciudad y su área metropolitana. Muchas veces el Gobierno Nacional rechazó otorgar condiciones legales especiales a Cúcuta argumentando que la condición de zona de frontera resultaba siendo compartida por al menos la mitad del territorio nacional. Ahora el hecho de ser considerado Distrito por la Constitución Nacional le confiere al Municipio una categoría única que si se aprovecha, puede dar lugar a condiciones muy ventajosas.



14/1/09

CUBA DESATA PASIONES

El título de esta columna, tomado de una frase del estupendo reportaje en internet de la BBC sobre el cincuentenario de la Revolución Cubana* expresa el significado contradictorio del capítulo más importante de la segunda mitad del siglo veinte en América Latina.

Ningún otro episodio que haya tenido lugar en los últimos cincuenta años ha suscitado en igual medida que la Revolución Cubana las pasiones propias de los hechos políticos afincados en un convencimiento de superioridad moral de tal magnitud que es capaz de crear emblemas universales como el Che Guevara, comparable en su grado de difusión a Martin Luther King o a Mahatma Gandi, pese a que su significado es objeto de las mismas contradicciones del proceso social que lo originaron.


El legado discordante de los guerrilleros de la Sierra Maestra enfrenta a los miles de cubanos cultos y saludables redimidos de la pobreza ancestral de los negros y los mulatos del Caribe, los científicos, los artistas, los cineastas y los músicos de la Nueva Trova, con los presos políticos, los exiliados, la censura de la prensa y la restricción de incontables derechos civiles.


La Revolución hizo de Cuba un símbolo mundial que expresa por antonomasia al Caribe desde La Habana, Santiago de Cuba o Miami. Promovió un renacimiento nacionalista de la enorme riqueza cultural antillana que comunica el ardor con que los cubanos buscan afirmar su identidad, unos desde la tribuna de la Revolución y otros desde la galería del exilio. Silvio Rodríguez y Celia Cruz resultan igualmente cubanos; ambos consecuencia de una Revolución que dio a luz tanto a la Nueva Trova como a la gran metrópoli latinoamericana en los Estados Unidos.


Cuba es un enorme laboratorio incierto y problemático que intenta experimentar la solidaridad como principio de organización social opuesto al egoísmo que subyace al sistema de libre mercado y a la sociedad liberal. Las conclusiones de su experiencia nunca serán definitivas, admiten diferentes interpretaciones y a veces han tenido lamentables secuelas. Para quienes la solidaridad y la igualdad deben ser los valores predominantes, Cuba será una referencia constante. Quienes consideran que la libertad y la iniciativa empresarial individual deben ser los pilares del orden social, nunca agotarán los reproches a la Revolución y sus protagonistas.


Lo que no puede negársele a la Revolución Cubana es el reconocimiento de la inconmovible determinación con la que fue forjada, poco frecuente en el carácter político de los países de este hemisferio, que con la sola excepción de Estados Unidos, han enfrentado los dilemas de la historia con la inseguridad que resulta de sus sociedades desarticuladas y desiguales. Cuba culminó una Revolución a sangre y fuego que defendió durante la Guerra Fría sin soslayar la posibilidad de ser protagonista de muchos de sus episodios más famosos. Se involucró en guerras en el África y en América Central, afrontó el desafío de parar su industria y su comercio cuando fue bloqueada por su eterno cliente y proveedor de insumos, y se impuso el objetivo de crear una identidad nacional a partir de una historia interminable de sometimiento colonial que llegó hasta mediados del siglo veinte.


La Revolución Cubana se ha saldado con victorias y derrotas; ha sido motivo de glorias y de vergüenzas. Su carácter contradictorio no fue eludido en el discurso que pronunció Raúl Castro el pasado jueves, al celebrar los cincuenta años de la caída de Fulgencio Batista. Recordó un célebre discurso de Fidel Castro en Santiago de Cuba cincuenta años atrás, en el que prometió no ser juzgado como el ejecutor de un gobierno exitoso, sino como el líder de una causa en aras de cuyo éxito no se sacrificó la honradez ni la lealtad.


* http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2008/cuba


7/1/09

LA AMBICIÓN ROMPE EL SACO

Dejando de lado los juicios sobre Álvaro Uribe hay que reconocer la importancia histórica de su legado político, equiparable tal vez al de Miguel Antonio Caro o Laureano Gómez. No es un mero capricho que Carlos Holguín Sardi haya afirmado que desde hace décadas el conservatismo no se sentía tan bien interpretado por un gobernante.

Sin embargo, los años de retiro político que le esperan a Uribe quizá no gocen de la misma notoria influencia que su nombre tendrá en las páginas de la historia de los albores del siglo XXI, donde será contrastado con Hugo Chávez y Lula da Silva. El retiro de Álvaro Uribe quizá sea tan anodino como el de Carlos Ménem o George Bush, salvo que la justicia refrende denuncias por cuenta de las cuales se parecerá más al de Videla o Fujimori.


En buena medida las penalidades venideras del Presidente serán debidas a la proverbial consecuencia de la ambición, que según el refrán, acaba por romper el saco. La última revista Semana y los recientes editoriales de El Tiempo resultan una premonición. La revista editorializa “Uribe la está embarrando” mientras presenta al primo de su director Alejandro Santos como “personaje del año”. Al tiempo que estrechan el cerco de la solidaridad familiar, comienzan a refrendar con su indiscutible influencia el clima de opinión desfavorable a la segunda reelección y al presidente mismo, que está destinado a crecer como una bola de nieve alimentada por el principio de la “profecía autocumplida”, la misma que quiebra los bancos cuando cunde el pánico entre los depositantes.


Muchos factores actúan en armonía para estrechar el cerco al tercer mandato. La pregunta mal redactada, los excesos financieros de Primero Colombia, los vicios del trámite legislativo, el orgullo de los Magistrados de la Corte Constitucional que no querrán ser llamados lacayos, el dictamen del Concejo Nacional Electoral que revisa la pulcritud del proceso de recolección de firmas, la dificultad para convocar siete millones trescientas mil personas cuando la popularidad del presidente declina lentamente y el disgusto inconfeso de su propia bancada que no tardará en aflorar.


El ministro Valencia demostró ser un verdadero “canero”, como los que después de pasar por la “cana” pierden la vergüenza pública y ya no les importa nada. Por cuenta de ese defecto que le ha rendido frutos en el Congreso, menoscaba la imagen pública de su patrón, cosa que resentirá cuando el referendo se someta a la dura prueba de las urnas, si es que la Corte lo admite a pesar de los incontables vicios de su trámite.


Luís Guillermo Giraldo, otro temerario “canero” que no dudó en gastar en la recolección de las firmas muchas veces más de lo permitido recaudando dineros entre grandes contratistas del Estado, amén de aportes en especie hasta de DMG, tiene en vilo a su patrón por exponer el referendo al veto del Concejo Nacional Electoral por excesos pecuniarios y de la Corte Constitucional por los ardides ilegales que empleará el ministro Valencia para corregir la redacción de la famosa pregunta. Todo lo anterior ensancha el caudal de hechos y razones que menoscaban la maltrecha imagen del gobierno y su jefe, cuyo silencio ampara los movimientos de sus operadores políticos.


Pese a todo, Uribe persiste obcecadamente en seguir siendo presidente. Su terquedad lo dejará sin el pan y sin el queso. Sin la segunda reelección y sin el decoro de un retiro que no lo despoje de su influencia entre quienes lo acompañaron en la defensa de unos intereses y unos proyectos que ya la historia juzgará. Si no se arrepiente a tiempo, cambiará, guardadas las proporciones políticas y morales, un retiro influyente como el de Fernando Henrique Cardoso o Jimmy Carter, por uno como el de Menem o Bush, aunque menos tranquilo.


24/12/08

MARÍA EUGENIA Y LA NOSTALGIA POR RAMIRO

Entre las razones que pudieron tener los cucuteños que eligieron a María Eugenia Riascos seguramente se encontraba la voluntad de censurar al anterior alcalde por asuntos de los que hoy se ocupa la justicia y cuya reprobación social debería persistir mientras la ciudad tenga memoria. Sin embargo, a medida que se han acentuado las críticas a la alcaldesa, ha comenzado a surgir entre muchas personas un irreflexivo y despistado sentimiento de nostalgia por el pasado, pese a que lo más censurable de la actual administración municipal es precisamente estar siguiendo los pasos equivocados de la anterior.

Por ejemplo, insiste en construir una Central de Transporte en un sitio cuya inconveniencia resulta obvia no solo para los expertos sino para el sentido común, poniendo en tela de juicio su compromiso con el interés público al negarse a revisar la ubicación y el contrato de concesión de esa obra.


Cuando era candidata manifestó su desacuerdo con los peajes. Ahora como alcaldesa ha sido complaciente ante ese hecho que atenta contra nuestra integración como área metropolitana binacional. No se ha inmutado ante la protesta de Fenalco contra la decisión arbitraria de negarse a aceptar Bolívares en las casetas de cobro, ni ante la insatisfacción del Concejo con las explicaciones del concesionario sobre el retraso de las obras a las que se comprometió. A través del Director del Área Metropolitana, la Alcaldía debería iniciar las acciones legales que posibiliten la revisión de los términos del convenio y de la concesión que creó los peajes, negocio que también contó con el auspicio del anterior alcalde.


Tampoco se ha pronunciado sobre la concesión a la empresa operadora del servicio de acueducto, que promovió el pasado gobierno municipal, y que acaba de ser multada por la Superintendencia de Servicios Públicos con la máxima cifra permitida, cercana a los mil millones de pesos, en vista de su negligente atención a miles de reclamos por sobrefacturación.


De forma contraria a lo que prometió, ha cedido tímidamente ante las exigencias de Homecenter. Aceptó la pérdida sin reparación del Bosque Popular, un bien de uso público, y nada dijo ante la renuencia de la empresa a permitir la prolongación de la calle 13 por un costado del edificio en construcción, obrando consecuentemente con la administración anterior.


Inconcebiblemente, ha permitido que pase un año sin intentar una sola medida importante para aliviar el tráfico de la ciudad. Tuvo un secretario de despacho que no hizo casi nada, y la secretaría se conserva como un refugio de tramitadores, tal como en el pasado.


Aunque es cierto que esta alcaldía recibió un lamentable estado de cuentas que ha dificultado sus tareas, no ha hecho nada para que se sepa cómo se produjo y quiénes son los responsables de la insolvencia del municipio.


Recientemente se ha hablado con insistencia de la revocatoria del mandato de la Alcaldesa, lo cual, pese a los anteriores reproches, es una grave equivocación. En primer lugar porque habida cuenta de los promotores de esa idea, es obvio que su interés no es el beneficio de la ciudad sino el provecho político propio. En segundo lugar, porque la ciudad ha sufrido suficientes interinidades e inestabilidad administrativa en el pasado como para intentar repetir esas infortunadas experiencias.


La solución está en manos de la Alcaldesa, que debe mejorar su equipo de trabajo, recuperar la autoridad, rodearse de personas de probada capacidad administrativa y desvirtuar con hechos los rumores de corrupción en cabeza de sus colaboradores más cercanos, para que su mandato no parezca la continuación de los que la antecedieron, sino la materialización del deseo de cambio de quienes la eligieron para hacer oír su voz de protesta.


3/3/09