LOS CARTELES MEXICANOS

La prensa internacional habla diariamente de México y los carteles de Tijuana, Ciudad Juárez, Oaxaca, Sinaloa y otros más que pasan de la docena y se citan hoy con en tratamiento familiar que en otra época merecían los de Medellín y Cali.


Se oye decir que México está viviendo lo que Colombia hace diez años, cuando el Estado y Pablo Escobar se enfrentaron en una guerra por cuenta de cuyo desenlace el Estado colombiano se siente autorizado para dar lecciones a otros países. Para la muestra un botón. El ministro Santos regresa hoy de Washington después de haber puesto a la orden la experiencia colombiana para ayudar a Afganistán en la lucha contra la droga.

La derrota de los dos grandes carteles dispersó el narcotráfico a lo largo y ancho del país. Lo que hace quince años estaba en manos del monopolio de Pablo Escobar y Gilberto Rodríguez se disgregó entre muchos pequeños carteles. La prosperidad ilusoria, el gusto vulgar y recargado de los delincuentes nuevos ricos, los valores propios de su negocio ilegal y hasta su manera de hablar, antes reserva exclusiva de Medellín y Cali, se convirtieron en patrimonio de la cultura popular colombiana. La dispersión del negocio a otras ciudades acaso sea responsable de la considerable cuantía, quizá solo aparente, del comercio exterior de una región como Norte de Santander, que hace diez años no exportaba más de cien millones de dólares y el año pasado, según datos oficiales, exportó más de mil doscientos millones de dólares, sin que sea notorio el crecimiento en la misma proporción de la industria y los servicios.


¿Acaso el fin de los grandes carteles ha implicado la reducción de las extensiones de tierra sembradas con cultivos ilegales? ¿Acaso se ha reducido la cantidad de droga que exportan los narcotraficantes? Ambas preguntas tiene como respuesta un No rotundo. Hoy hay más cultivos ilegales y más exportaciones de droga que nunca antes. 


Quizá el fin del monopolio de los carteles haya democratizado el narcotráfico diseminando sus peligrosas secuelas, debidas no al objeto mismo del negocio sino al entorno ilegal en el cual se despliega, que lo reserva para las peores manos, es decir, para quienes están dispuestos a vivir fuera de la ley.

Porfirio Díaz, un presidente mexicano que por razones que la extensión de esta columna no permite referir tiene un gran parecido con el actual presidente de Colombia, pronunció alguna vez una frase que citada fuera de su contexto original tiene un cierto tono fatídico que la ha hecho famosa: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. 


La vecindad con Estados Unidos le ha valido la mala suerte de ser parte inevitable de la ruta de la cocaína colombiana. Si para colmo de males su gobierno se deja convencer de repetir nuestra experiencia en la guerra contra los carteles, será terreno aun más fértil para la delincuencia organizada y habrá que complementar así la frase de Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y a medio camino entre Colombia y los Estados Unidos”.

Más valdría que el gobierno del Presidente Felipe Calderón declinara su compromiso con la versión mexicana del Plan Colombia, bautizado “Plan Mérida”, y tomara seriamente en cuenta la reciente declaración de los ex presidentes Fernando Enrique Cardozo, Ernesto Zedillo y César Gaviria, éste último de quien se dice dizque ganó la guerra contra el Cartel de Medellín. Debería recoger la experiencia de tres líderes que enfrentaron antaño el mismo problema y ahora recomiendan avanzar poco a poco en la liberalización del mercado de narcóticos, lo cual le daría a su país la talla que de suyo tiene en la región, liderando una nueva política que acepte públicamente el fracaso de la represión en la lucha contra el narcotráfico.



25/2/09

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