CUBA DESATA PASIONES

El título de esta columna, tomado de una frase del estupendo reportaje en internet de la BBC sobre el cincuentenario de la Revolución Cubana* expresa el significado contradictorio del capítulo más importante de la segunda mitad del siglo veinte en América Latina.

Ningún otro episodio que haya tenido lugar en los últimos cincuenta años ha suscitado en igual medida que la Revolución Cubana las pasiones propias de los hechos políticos afincados en un convencimiento de superioridad moral de tal magnitud que es capaz de crear emblemas universales como el Che Guevara, comparable en su grado de difusión a Martin Luther King o a Mahatma Gandi, pese a que su significado es objeto de las mismas contradicciones del proceso social que lo originaron.


El legado discordante de los guerrilleros de la Sierra Maestra enfrenta a los miles de cubanos cultos y saludables redimidos de la pobreza ancestral de los negros y los mulatos del Caribe, los científicos, los artistas, los cineastas y los músicos de la Nueva Trova, con los presos políticos, los exiliados, la censura de la prensa y la restricción de incontables derechos civiles.


La Revolución hizo de Cuba un símbolo mundial que expresa por antonomasia al Caribe desde La Habana, Santiago de Cuba o Miami. Promovió un renacimiento nacionalista de la enorme riqueza cultural antillana que comunica el ardor con que los cubanos buscan afirmar su identidad, unos desde la tribuna de la Revolución y otros desde la galería del exilio. Silvio Rodríguez y Celia Cruz resultan igualmente cubanos; ambos consecuencia de una Revolución que dio a luz tanto a la Nueva Trova como a la gran metrópoli latinoamericana en los Estados Unidos.


Cuba es un enorme laboratorio incierto y problemático que intenta experimentar la solidaridad como principio de organización social opuesto al egoísmo que subyace al sistema de libre mercado y a la sociedad liberal. Las conclusiones de su experiencia nunca serán definitivas, admiten diferentes interpretaciones y a veces han tenido lamentables secuelas. Para quienes la solidaridad y la igualdad deben ser los valores predominantes, Cuba será una referencia constante. Quienes consideran que la libertad y la iniciativa empresarial individual deben ser los pilares del orden social, nunca agotarán los reproches a la Revolución y sus protagonistas.


Lo que no puede negársele a la Revolución Cubana es el reconocimiento de la inconmovible determinación con la que fue forjada, poco frecuente en el carácter político de los países de este hemisferio, que con la sola excepción de Estados Unidos, han enfrentado los dilemas de la historia con la inseguridad que resulta de sus sociedades desarticuladas y desiguales. Cuba culminó una Revolución a sangre y fuego que defendió durante la Guerra Fría sin soslayar la posibilidad de ser protagonista de muchos de sus episodios más famosos. Se involucró en guerras en el África y en América Central, afrontó el desafío de parar su industria y su comercio cuando fue bloqueada por su eterno cliente y proveedor de insumos, y se impuso el objetivo de crear una identidad nacional a partir de una historia interminable de sometimiento colonial que llegó hasta mediados del siglo veinte.


La Revolución Cubana se ha saldado con victorias y derrotas; ha sido motivo de glorias y de vergüenzas. Su carácter contradictorio no fue eludido en el discurso que pronunció Raúl Castro el pasado jueves, al celebrar los cincuenta años de la caída de Fulgencio Batista. Recordó un célebre discurso de Fidel Castro en Santiago de Cuba cincuenta años atrás, en el que prometió no ser juzgado como el ejecutor de un gobierno exitoso, sino como el líder de una causa en aras de cuyo éxito no se sacrificó la honradez ni la lealtad.


* http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2008/cuba


7/1/09

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