LA GLORIA EFÍMERA DE VÍCTOR CASTELLANOS

El viernes pasado asistí a un acto público en el Parque Colón para despedir de la vida pública a Víctor Castellanos. La concurrencia fue muy escasa. A unos pocos amigos, la mayor parte contemporáneos suyos, se sumaron algunas personas que pasaban a esa hora por el parque y los atrajo la singular concurrencia que se agrupaba en torno a la glorieta para oír a un hombre que arengaba una multitud ausente que quizá ya no existe, como si se tratara de un personaje de Juan Rulfo.


Víctor Castellanos forjó su liderazgo entre la muchedumbre de los desarraigados por la violencia partidista del siglo veinte, que hoy, en el ocaso de su ancianidad, todavía son conmovidos por la memoria de Jorge Eliécer Gaitán. Fue jefe entre las multitudes desplazadas de los campos de Norte de Santander hace cincuenta años que crearon una ciudad del tercer mundo donde antes había una pequeña población de comerciantes.

Hizo parte de la primera generación de políticos colombianos cuyo destino lo signó el afán reivindicativo de las masas de excluidos que aparecieron por primera vez en el mundo durante el siglo diecinueve en tiempos de la Revolución Industrial, pero que entre nosotros fueron fruto de la violencia política de mediados del siglo veinte. Fue líder de los campesinos que abrumaban los suburbios de una ciudad en donde nadie estaba dispuesto a recibirlos salvo como braceros o empleadas del servicio y en donde su condición de excluidos los convertía en invasores forzosos a donde quiera que llegaran a vivir o a trabajar.


Así surgió la mayor parte de Juan Atalaya y los barrios occidentales de Cúcuta, sectores de la ciudad de cuyo doloroso nacimiento existe poca memoria escrita. Así nació también el Mercado de la Sexta, donde se establecieron muchos que antes vendían en las plazas de sus pueblos y ahora no tenían lugar en el mercado cubierto del centro de Cúcuta. Víctor fue el intérprete de las masas que invadieron Atalaya hace cuarenta años. Fue a la cárcel varias veces cuando enfrentó al alcalde y a la policía de entonces. Fundó el Barrio Comuneros y encabezó la invasión de los predios de la Avenida Sexta donde después se construyó el Mercado Popular Víctor Castellanos, cuya reciente demolición refleja la disipación de la memoria de una generación que ya pasó.


Las dos siguientes cohortes de políticos cucuteños han recogido la cosecha de Víctor Castellanos y sus colegas de ese entonces, que exigieron al Estado acoger como ciudadanos a las masas que huían de la violencia para que accedieran a ciertas garantías sociales básicas, pero no lograron, y no por falta de voluntad, que los beneficios del Estado fueran suficientes y se dispensaran sin la intermediación del clientelismo.


Entre los herederos de quienes hace décadas seguían a Víctor se ha desvanecido el recuerdo del apoderado de sus padres y abuelos en la plaza pública, en los enfrentamientos con la policía cuando se fundaba Atalaya y el Mercado de la Sexta, y en el Concejo de Cúcuta, la Asamblea Departamental y el Congreso. Los hijos y nietos de esos antiguos excluidos, lo cucuteños de hoy, que a pesar del esfuerzo de personas como Víctor aun son afectados por las taras de la política que se practica en medio de la pobreza y la ignorancia, han olvidado casi por completo a este hombre que pertenece a una generación de dirigentes en la que hizo mella la inocencia quijotesca y el excesivo idealismo, preservándolos de la codicia que caracteriza a los actuales políticos cucuteños. Por eso, como lo advirtió él mismo el viernes, después de una vida entera consagrada al servicio público llega a los ochenta y dos años sin tener siquiera una pensión de jubilación ni tampoco en donde caerse muerto.



4/3/09

LOS CARTELES MEXICANOS

La prensa internacional habla diariamente de México y los carteles de Tijuana, Ciudad Juárez, Oaxaca, Sinaloa y otros más que pasan de la docena y se citan hoy con en tratamiento familiar que en otra época merecían los de Medellín y Cali.


Se oye decir que México está viviendo lo que Colombia hace diez años, cuando el Estado y Pablo Escobar se enfrentaron en una guerra por cuenta de cuyo desenlace el Estado colombiano se siente autorizado para dar lecciones a otros países. Para la muestra un botón. El ministro Santos regresa hoy de Washington después de haber puesto a la orden la experiencia colombiana para ayudar a Afganistán en la lucha contra la droga.

La derrota de los dos grandes carteles dispersó el narcotráfico a lo largo y ancho del país. Lo que hace quince años estaba en manos del monopolio de Pablo Escobar y Gilberto Rodríguez se disgregó entre muchos pequeños carteles. La prosperidad ilusoria, el gusto vulgar y recargado de los delincuentes nuevos ricos, los valores propios de su negocio ilegal y hasta su manera de hablar, antes reserva exclusiva de Medellín y Cali, se convirtieron en patrimonio de la cultura popular colombiana. La dispersión del negocio a otras ciudades acaso sea responsable de la considerable cuantía, quizá solo aparente, del comercio exterior de una región como Norte de Santander, que hace diez años no exportaba más de cien millones de dólares y el año pasado, según datos oficiales, exportó más de mil doscientos millones de dólares, sin que sea notorio el crecimiento en la misma proporción de la industria y los servicios.


¿Acaso el fin de los grandes carteles ha implicado la reducción de las extensiones de tierra sembradas con cultivos ilegales? ¿Acaso se ha reducido la cantidad de droga que exportan los narcotraficantes? Ambas preguntas tiene como respuesta un No rotundo. Hoy hay más cultivos ilegales y más exportaciones de droga que nunca antes. 


Quizá el fin del monopolio de los carteles haya democratizado el narcotráfico diseminando sus peligrosas secuelas, debidas no al objeto mismo del negocio sino al entorno ilegal en el cual se despliega, que lo reserva para las peores manos, es decir, para quienes están dispuestos a vivir fuera de la ley.

Porfirio Díaz, un presidente mexicano que por razones que la extensión de esta columna no permite referir tiene un gran parecido con el actual presidente de Colombia, pronunció alguna vez una frase que citada fuera de su contexto original tiene un cierto tono fatídico que la ha hecho famosa: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. 


La vecindad con Estados Unidos le ha valido la mala suerte de ser parte inevitable de la ruta de la cocaína colombiana. Si para colmo de males su gobierno se deja convencer de repetir nuestra experiencia en la guerra contra los carteles, será terreno aun más fértil para la delincuencia organizada y habrá que complementar así la frase de Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y a medio camino entre Colombia y los Estados Unidos”.

Más valdría que el gobierno del Presidente Felipe Calderón declinara su compromiso con la versión mexicana del Plan Colombia, bautizado “Plan Mérida”, y tomara seriamente en cuenta la reciente declaración de los ex presidentes Fernando Enrique Cardozo, Ernesto Zedillo y César Gaviria, éste último de quien se dice dizque ganó la guerra contra el Cartel de Medellín. Debería recoger la experiencia de tres líderes que enfrentaron antaño el mismo problema y ahora recomiendan avanzar poco a poco en la liberalización del mercado de narcóticos, lo cual le daría a su país la talla que de suyo tiene en la región, liderando una nueva política que acepte públicamente el fracaso de la represión en la lucha contra el narcotráfico.



25/2/09

"IL DIVO"

Durante las últimas semanas la prensa española ha publicado numerosas reseñas de dos películas italianas cuya versión castellana se estrenó en diciembre, después que hubieran recibido los dos premios más importantes que otorgó el jurado del Festival de Cannes a mediados del año pasado. Una de ellas, “Gomorra”, trata sobre la Camorra napolitana. La otra, “Il Divo”, sobre el último de los siete gobiernos parlamentarios de Giulio Andreotti, inveterado político que ha estado sentado en el parlamento de Italia casi sin interrupciones desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el sol de hoy, ostentando a sus noventa años el título de Senador Vitalicio.


Il Divo retrata la política italiana sirviéndose de algunas licencias propias de la literatura que caricaturizan sus rasgos premodernos, resultado de la condición híbrida de una nación cruzada por la frontera que marca el desarrollo del Norte y el atraso del Sur.

Al público de Cannes seguramente le pareció crítica y burlona la imagen del perdurable presidente italiano reunido a solas con sus viejos electores romanos en vísperas de Navidad regalándoles mercados y embutiéndoles rollitos de billetes en el bolsillo de la camisa mientras los abrazaba uno por uno. Entre nosotros, tal acontecimiento habría sido visto con naturalidad.


La connivencia con la Mafia, que acabó convirtiéndose en tolerancia con sus crímenes, es otro motivo de crítica, a la vez que una oportunidad para mostrar la habilidad política que entre los italianos se asocia proverbialmente con Andreotti, capaz de crear un consenso clientelista entre políticos y mafiosos que le permitió al partido de la Democracia Cristiana ganar por décadas las mayorías parlamentarias con base en el fiel respaldo del sur, tierra de la Mafia, la Camorra y la Ndrangheta. Nada que aquí nos extrañe.


La guerra de baja intensidad contra el terror de las Brigadas Rojas, levantadas en armas en nombre del comunismo pero una que otra vez proclives a los pactos soterrados con los políticos más oscuros, y el extraño secuestro y asesinato del ex presidente Aldo Moro, parlamentario y presidente del partido de Andreotti, son de los hechos más notables de un momento de crisis que puso de acuerdo a los políticos italianos en torno al “compromiso histórico” entre conservadores y comunistas, entonces las dos principales fuerzas del parlamento, y dio lugar a una de las presidencias más largas de Andreotti, componedor de un pacto que parecía imposible. Nada que no haya experimentado nuestra historia durante los días del Frente Nacional.


Lo que en Cannes lució como caricatura lo veremos al otro lado del mar como un documental sobre prácticas muy familiares, quizá desplegadas con un estilo más solemne. El poder convertido en un fin en sí mismo y obsesionado con sus propios temas es la particularidad más notable de la política italiana, motivo de extrañeza y curiosidad en el resto de Europa. El Norte prospera con sus industrias mientras a Roma se la disputan los políticos como Andreotti y Berlusconi, que no dan cuenta sino de sus propios intereses dominados por la vanidad del poder. Nada extraño a lo que pasa en Colombia, salvo que aquí no tenemos nada que se parezca a la pujanza de la economía de Italia y sus grandes empresas. Solo una débil sociedad que renuncia a discutir lo que realmente importa y acaba absorbida por un debate signado por la vanidad de uno que quiere ser presidente toda la vida, como el Señor Andreotti, que lo fue siete veces.


P.D.: Las películas citadas y otras que también fueron premiadas en el pasado festival de Cannes como “Ché: El Argentino”, cuyo actor principal, Benicio del Toro, ganó la Palma de Oro, pueden verse íntegras en la página española www.dospuntocerovision.com



4/2/09

OBAMA: ACUERDOS Y CONTRADICCIONES

Pido disculpas por referirme a un asunto que últimamente ha sido abordado con tanta insistencia y sobre el que ya se ha dicho tantas veces lo mismo que parece inoportuno volver a citarlo. Habrán adivinado que me refiero a Barack Obama.


Durante su posesión el día de ayer, la reiterativa alusión a los emblemas norteamericanos de la unidad nacional y las conquistas de los derechos civiles de la población negra hicieron inocultable la obvia condición que lo hace encantador, y que el mismo rehusó celosamente confesar durante su campaña porque sabía que tocaba la más dolorosa contradicción de la sociedad estadounidense: su condición de hombre negro.

A lo largo de la historia norteamericana el hecho de ser extranjero, indio, negro, hispano, irlandés o cualquier cosa distinta a la identidad blanca y protestante de la nación primitiva, daba lugar de inmediato a un trato discriminatorio y se convertía en una incómoda refutación del principio fundador de los Estados Unidos, esa frase de la Declaración de Independencia redactada por Tomas Jefferson en 1776 que se repite como un credo en los discursos de los presidentes sin exceptuar el de ayer: “Sostenemos como certeza evidente que todos los hombres fueron creados iguales y que el Creador les otorgó derechos inalienables, como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.


Pese a la célebre frase de la Declaración de Independencia, la esclavitud perduró en el sur de los Estados Unidos hasta 1864 y para ponerle fin fue necesaria la guerra civil más sangrienta del continente. La memoria de Abraham Lincoln, de quien Obama confiesa ser gran admirador, se levanta sobre una guerra que costó más de seiscientas mil muertes en un país que apenas comenzaba a poblarse, y dejó como saldo el perdurable resentimiento xenófobo y segregacionista del sur, contra el cual Martin Luther King lucho hasta su muerte.


Las secuelas del pasado de discriminación aun no se borran, y quizá por eso Barack Obama le ofreció a la nación americana la posibilidad de ver superada la contradicción ancestral de su país, que todavía a mediados del siglo veinte proclamaba ser un “bastión mundial de la democracia” en lucha contra el totalitarismo, como lo decía el presidente Roosevelt, mientras consagraba la segregación social interna como modo de vida. Le ofreció esa posibilidad a los estadounidenses, no sin cierta estratégica hipocresía, porque pretendiendo encarnar la unidad que pregonó Abraham Lincoln evitó ser asociado con los líderes negros que encabezaron la lucha por los derechos civiles en los años sesenta, como Jesse Jackson, compañero de M.L. King, quien solo cobró notoriedad como amigo de Obama cuando se le vio llorando en Chicago durante la celebración de la victoria. El pasado segregacionista y la propensión a la discriminación fueron la mayor ventaja y la mayor amenaza de Obama. Una ventaja porque él significaba su expiación, y una amenaza porque podía volverse en su contra si se mostraba excesivamente identificado con las tradicionales reivindicaciones de los líderes negros.


Ser negro hace muy importante al nuevo presidente norteamericano a la luz de la historia de su propio país. La relevancia de ese hecho no sería la misma en Colombia, o en Brasil, en donde la discriminación contra las minorías étnicas no ha conocido la institución de la segregación o el apartheid y se ha diluido parcialmente en el mestizaje. O en Sudáfrica, donde al fin y al cabo Nelson Mandela fue presidente de una nación mayoritariamente negra.


En la biografía del nuevo presidente hay muchos elementos cuya rareza llevan a creer que su gobierno será diferente. En lo que a nosotros respecta, su naturaleza cosmopolita y sus promesas de diálogo multilateral resultan muy interesantes. Ojalá pueda llevarlas a cabo.



21/1/09

CÚCUTA D.F. SIN PEAJES

El pasado 13 de diciembre este diario publicó una columna de opinión escrita por Manuel Guillermo Cabrera titulada “Soluciones sin Peajes” en la que se planteaban dos alternativas para financiar la construcción y el mantenimiento de las vías de la ciudad.


En este momento el desarrollo vial de Cúcuta se supedita a la posibilidad incierta que representan los compromisos de la firma San Simón S.A., que obliga a dicha empresa a la construcción de dieciséis obras de las que hasta la fecha nada hemos visto pese a que desde hace un año está recaudando dos peajes. El municipio no sale de la bancarrota causada por la irresponsabilidad de las administraciones anteriores y está tan pobre que no puede permitirse ni tapar los huecos de las calles, y para colmo de males renunció al Pase Amigo, que pese a la forma equivocada en que se concibió, era el único tributo que procuraba algún dinero para mantener precariamente unas vías cuya completa reparación puede costar cincuenta mil millones de pesos, según estiman algunos conocedores del problema.

Una de las propuestas de Manuel Guillermo Cabrera es solicitarle al Gobierno Nacional la nacionalización y el otorgamiento de placas cucuteñas a los vehículos venezolanos, tomando las precauciones que eviten repetir la frustrante experiencia de hace casi veinte años, cuando se intentó sin éxito algo parecido. Como resultado de esta medida el Municipio se beneficiaría con el impuesto de rodamiento que están obligados a pagar los vehículos de matrícula colombiana. La verdad es que los cucuteños no tenemos derecho a exigir que las calles de la ciudad se parezcan, por ejemplo, a las de Bucaramanga, si no estamos dispuestos a pagar impuesto de rodamiento.


La otra propuesta, igualmente oportuna, consiste en sugerirle al Gobierno Nacional la supresión de los peajes fronterizos, que realmente son peajes urbanos que dificultan la integración del área metropolitana binacional de la cual hacen parte Ureña y San Antonio, sustituyéndolos por un gravamen a las exportaciones que pasen por Cúcuta, de cuyo cobro se concesionaría a la misma firma que cobra los peajes. Así no se hiere la susceptible emoción solidaria que el Gobierno Nacional profesa por sus socios, y en cambio se le daría un motivo para concederles un negocio aún más rentable que también tendría como consecuencia la extensión de los compromisos de San Simón S.A. con la ciudad.


La reglamentación de la reforma constitucional del año pasado que convierte al Municipio de Cúcuta en Distrito Fronterizo y Turístico, en cuyo diseño está trabajando un grupo de consultores contratados por la Cámara de Comercio, debe tomar en consideración estas propuestas y convertir la existencia del Distrito Fronterizo en la justificación de herramientas extraordinarias que permitan financiar el desarrollo de la infraestructura de la ciudad y su área metropolitana. Muchas veces el Gobierno Nacional rechazó otorgar condiciones legales especiales a Cúcuta argumentando que la condición de zona de frontera resultaba siendo compartida por al menos la mitad del territorio nacional. Ahora el hecho de ser considerado Distrito por la Constitución Nacional le confiere al Municipio una categoría única que si se aprovecha, puede dar lugar a condiciones muy ventajosas.



14/1/09

CUBA DESATA PASIONES

El título de esta columna, tomado de una frase del estupendo reportaje en internet de la BBC sobre el cincuentenario de la Revolución Cubana* expresa el significado contradictorio del capítulo más importante de la segunda mitad del siglo veinte en América Latina.

Ningún otro episodio que haya tenido lugar en los últimos cincuenta años ha suscitado en igual medida que la Revolución Cubana las pasiones propias de los hechos políticos afincados en un convencimiento de superioridad moral de tal magnitud que es capaz de crear emblemas universales como el Che Guevara, comparable en su grado de difusión a Martin Luther King o a Mahatma Gandi, pese a que su significado es objeto de las mismas contradicciones del proceso social que lo originaron.


El legado discordante de los guerrilleros de la Sierra Maestra enfrenta a los miles de cubanos cultos y saludables redimidos de la pobreza ancestral de los negros y los mulatos del Caribe, los científicos, los artistas, los cineastas y los músicos de la Nueva Trova, con los presos políticos, los exiliados, la censura de la prensa y la restricción de incontables derechos civiles.


La Revolución hizo de Cuba un símbolo mundial que expresa por antonomasia al Caribe desde La Habana, Santiago de Cuba o Miami. Promovió un renacimiento nacionalista de la enorme riqueza cultural antillana que comunica el ardor con que los cubanos buscan afirmar su identidad, unos desde la tribuna de la Revolución y otros desde la galería del exilio. Silvio Rodríguez y Celia Cruz resultan igualmente cubanos; ambos consecuencia de una Revolución que dio a luz tanto a la Nueva Trova como a la gran metrópoli latinoamericana en los Estados Unidos.


Cuba es un enorme laboratorio incierto y problemático que intenta experimentar la solidaridad como principio de organización social opuesto al egoísmo que subyace al sistema de libre mercado y a la sociedad liberal. Las conclusiones de su experiencia nunca serán definitivas, admiten diferentes interpretaciones y a veces han tenido lamentables secuelas. Para quienes la solidaridad y la igualdad deben ser los valores predominantes, Cuba será una referencia constante. Quienes consideran que la libertad y la iniciativa empresarial individual deben ser los pilares del orden social, nunca agotarán los reproches a la Revolución y sus protagonistas.


Lo que no puede negársele a la Revolución Cubana es el reconocimiento de la inconmovible determinación con la que fue forjada, poco frecuente en el carácter político de los países de este hemisferio, que con la sola excepción de Estados Unidos, han enfrentado los dilemas de la historia con la inseguridad que resulta de sus sociedades desarticuladas y desiguales. Cuba culminó una Revolución a sangre y fuego que defendió durante la Guerra Fría sin soslayar la posibilidad de ser protagonista de muchos de sus episodios más famosos. Se involucró en guerras en el África y en América Central, afrontó el desafío de parar su industria y su comercio cuando fue bloqueada por su eterno cliente y proveedor de insumos, y se impuso el objetivo de crear una identidad nacional a partir de una historia interminable de sometimiento colonial que llegó hasta mediados del siglo veinte.


La Revolución Cubana se ha saldado con victorias y derrotas; ha sido motivo de glorias y de vergüenzas. Su carácter contradictorio no fue eludido en el discurso que pronunció Raúl Castro el pasado jueves, al celebrar los cincuenta años de la caída de Fulgencio Batista. Recordó un célebre discurso de Fidel Castro en Santiago de Cuba cincuenta años atrás, en el que prometió no ser juzgado como el ejecutor de un gobierno exitoso, sino como el líder de una causa en aras de cuyo éxito no se sacrificó la honradez ni la lealtad.


* http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2008/cuba


7/1/09

MARÍA EUGENIA Y LA NOSTALGIA POR RAMIRO

Entre las razones que pudieron tener los cucuteños que eligieron a María Eugenia Riascos seguramente se encontraba la voluntad de censurar al anterior alcalde por asuntos de los que hoy se ocupa la justicia y cuya reprobación social debería persistir mientras la ciudad tenga memoria. Sin embargo, a medida que se han acentuado las críticas a la alcaldesa, ha comenzado a surgir entre muchas personas un irreflexivo y despistado sentimiento de nostalgia por el pasado, pese a que lo más censurable de la actual administración municipal es precisamente estar siguiendo los pasos equivocados de la anterior.

Por ejemplo, insiste en construir una Central de Transporte en un sitio cuya inconveniencia resulta obvia no solo para los expertos sino para el sentido común, poniendo en tela de juicio su compromiso con el interés público al negarse a revisar la ubicación y el contrato de concesión de esa obra.


Cuando era candidata manifestó su desacuerdo con los peajes. Ahora como alcaldesa ha sido complaciente ante ese hecho que atenta contra nuestra integración como área metropolitana binacional. No se ha inmutado ante la protesta de Fenalco contra la decisión arbitraria de negarse a aceptar Bolívares en las casetas de cobro, ni ante la insatisfacción del Concejo con las explicaciones del concesionario sobre el retraso de las obras a las que se comprometió. A través del Director del Área Metropolitana, la Alcaldía debería iniciar las acciones legales que posibiliten la revisión de los términos del convenio y de la concesión que creó los peajes, negocio que también contó con el auspicio del anterior alcalde.


Tampoco se ha pronunciado sobre la concesión a la empresa operadora del servicio de acueducto, que promovió el pasado gobierno municipal, y que acaba de ser multada por la Superintendencia de Servicios Públicos con la máxima cifra permitida, cercana a los mil millones de pesos, en vista de su negligente atención a miles de reclamos por sobrefacturación.


De forma contraria a lo que prometió, ha cedido tímidamente ante las exigencias de Homecenter. Aceptó la pérdida sin reparación del Bosque Popular, un bien de uso público, y nada dijo ante la renuencia de la empresa a permitir la prolongación de la calle 13 por un costado del edificio en construcción, obrando consecuentemente con la administración anterior.


Inconcebiblemente, ha permitido que pase un año sin intentar una sola medida importante para aliviar el tráfico de la ciudad. Tuvo un secretario de despacho que no hizo casi nada, y la secretaría se conserva como un refugio de tramitadores, tal como en el pasado.


Aunque es cierto que esta alcaldía recibió un lamentable estado de cuentas que ha dificultado sus tareas, no ha hecho nada para que se sepa cómo se produjo y quiénes son los responsables de la insolvencia del municipio.


Recientemente se ha hablado con insistencia de la revocatoria del mandato de la Alcaldesa, lo cual, pese a los anteriores reproches, es una grave equivocación. En primer lugar porque habida cuenta de los promotores de esa idea, es obvio que su interés no es el beneficio de la ciudad sino el provecho político propio. En segundo lugar, porque la ciudad ha sufrido suficientes interinidades e inestabilidad administrativa en el pasado como para intentar repetir esas infortunadas experiencias.


La solución está en manos de la Alcaldesa, que debe mejorar su equipo de trabajo, recuperar la autoridad, rodearse de personas de probada capacidad administrativa y desvirtuar con hechos los rumores de corrupción en cabeza de sus colaboradores más cercanos, para que su mandato no parezca la continuación de los que la antecedieron, sino la materialización del deseo de cambio de quienes la eligieron para hacer oír su voz de protesta.


3/3/09