EL ORÍGEN DE LAS PIRÁMIDES

No hacía mucho que el Sr. Karl Lippert, de origen alemán, había llegado al país para asumir la presidencia de Bavaria, recién adquirida por SABMiller, cuando concedió una entrevista a El Tiempo, publicada el 2 de diciembre de 2007, donde mostraba su condición de recién llegado y su escasa familiaridad con las redes de compromisos oligopólicos que gobiernan nuestra economía de carteles lícitos e ilícitos. Dijo entre otras cosas, lo que sigue:

“No existe ninguna relación entre el oficio del banco central de controlar la inflación con el crecimiento de las tasas y el brutal crecimiento de las tasas de interés de los bancos al consumidor. (…) ¿Por qué los bancos le han aumentado al público el 11,2 por ciento en los créditos, cuando el banco central apenas ha subido 1,5 por ciento? (…) La gente va a comenzar a sentir plenamente el año entrante, cuando reciba las facturas de sus créditos con tarjeta, el impacto brutal de las tasas de interés sobre sus presupuestos. Sus ingresos se van a ir en pagar las deudas que generan las altísimas tasas de interés.”


El revuelo que causaron estas afirmaciones, que no provinieron de un ciudadano común y corriente, sino del presidente de una empresa emblemática y poderosa, pronto pasaron al olvido con la complicidad de la prensa, mientras que a Mr. Lippert le comenzaban a explicar cómo funcionaban las cosas en Colombia y cómo participaba su empresa en el juego de privilegios del que también toma parte la banca. La lección debió quedar bien aprendida, y desde entonces la voz de Mr. Lippert no se oye por ninguna parte.


Además de sus prerrogativas usurarias, a nuestra banca se le ha concedido la dispensa del riesgo, haciendo cierto aquel irónico principio según el cual para solicitar un préstamo hay que demostrar no necesitarlo. Los bancos van a la fija, su principal cliente es el Estado y no corren el riesgo de prestarle dinero a quienes lo necesitan realmente. El resultado es que, según Asobancaria, solo un cuarto de la población tiene acceso a servicios financieros, cuando ese porcentaje en las economías desarrolladas alcanza el noventa por ciento.


Como efecto de la aversión al riesgo y la proclividad a la especulación de la banca, y del fracaso del gobierno para regular y promover otras formas de ahorro y crédito cooperativo, la población colombiana no ha tenido acceso al mercado legal de servicios financieros y ha sido puesta en manos de la informalidad, del paga diario, de los prestamistas, los usureros, las prenderías y las pirámides.


No es cierto que el origen de las pirámides sea la afición de los colombianos pobres al dinero fácil. El gusto por el dinero fácil también explica la devoción de la banca legal por los negocios sustanciosos, fáciles y sin riesgo como los préstamos al Estado, a los que destina la mayor parte de sus fondos, o el gusto por los negocios de especulación financiera e inmobiliaria que involucran a muchos de los grandes capitalistas del país.


Nuestras pirámides están edificadas sobre la exclusión social y económica que no ha permitido a la población pobre familiarizarse con los servicios financieros legales de ahorro y crédito, lo cual le ha dificultado el financiamiento de sus iniciativas empresariales. Y están edificadas también en el afán especulativo, no solo de los ahorradores pobres, sino de quienes limitan los circuitos de circulación del capital para que no financien la capacidad de generación de riqueza de los pobres y se quede alimentando los circuitos especulativos y usurarios del capitalismo financiero, cuya proverbial codicia ha sido nuevamente puesta al descubierto por la reciente crisis internacional.


10/12/08

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