VAYA AL VENTURA, PERO NO ENTRE

“Sin quiere comerse un buen perro caliente, vaya al Ventura Plaza, pero no entre”. Tal podría ser el lema para promocionar las ventas ambulantes nocturnas de comida frente al citado centro comercial.

Vendedores ambulantes hay en todas las ciudades del mundo, pero en algunas como la nuestra tienen dos características muy propias del capitalismo primitivo. La primera es la informalidad, palabra que utilizamos para referirnos a una actividad económica lícita pero que no cumple las leyes laborales y tributarias.

De la segunda característica me percaté gracias a una nota que informaba sobre la prohibición de las ventas ambulantes los días jueves, publicada en este diario el 19 de junio. La nota decía: “(…) los vendedores de varios centros comerciales de la ciudad se quejan por la falta de vendedores ambulantes en las calles de Cúcuta. (…) esos vendedores informales se surten de la mercancía que se vende en los locales de los centros comerciales.” Lo cual indica que nuestro comercio informal no se dirige solo a consumidores marginales, sino que hace parte de la cadena del comercio formal. Quizá los empleados de los locales comerciales del Ventura Plaza y sus prósperos propietarios sienten gran debilidad por los perros calientes.

Pese a lo anterior y a que la existencia de vendedores ambulantes es igualmente buena o mala todos los días, la administración municipal decidió prohibirlos los días jueves (?) mientras, según se dice, construye un centro comercial para reubicarlos. Supongo que será un edificio gigantesco. Hay tantos vendedores en las calles que cuando se camina por el centro, por ejemplo en las inmediaciones de San Andresito, basta imaginar a los transeúntes con un turbante en la cabeza para sentirse como un turista en medio del caos del tráfico callejero en Bombay o en Calcuta.

El problema no es solo reubicar a los vendedores ambulantes. El problema es cómo forjar un mecanismo de integración social que formalice el comercio y establezca quiénes se quedan en la calle y quienes deben irse a un local comercial. En el centro de París o de Nueva York también hay ventas callejeras, pero son estacionarias, legales y pagan impuestos.

La informalidad es la cara económica de la exclusión social. Es una condición en la que se recibe muy poco del Estado pero no se le paga impuestos. Un perfecto círculo vicioso. Para resolver ese dilema, que afecta tanto a los comerciantes informales como a los formales y arruina las escasas zonas peatonales de la ciudad, se necesita que todos los cucuteños asumamos los costos tributarios de la integración social, como se ha hecho en Medellín y Bogotá.

Los empresarios cucuteños deberían proponerle a la alcaldesa la creación de nuevos impuestos para financiar la integración y la formalización de los vendedores ambulantes. Si para esa causa la ciudad recaudara veinte mil millones de pesos anualmente y consiguiera otros tantos en fuentes distintas, podría intentarse un programa serio de pequeños créditos y acompañamiento educativo para la legalización de dos mil comerciantes cada año, que a su vez se convertirían en nuevos contribuyentes. Si eso ocurriera, la prohibición de las ventas ambulantes en los andenes sería además una excelente medida de presión para incentivar la legalización. ¿Qué tal un programa así, administrado por el municipio y Fenalco, gremio que debería ser el más interesado en promoverlo?

Mientras tanto, sigamos imaginándonos cómo lucirían los andenes y las calles de Cúcuta si todos los días amaneciera jueves.

5/8/08

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